Renato dejó los rodeos.
—Vaya a la cena como acordaron. Cuando el señor Suárez saque el tema del proyecto del centro de entretenimiento, dígale que lo va a considerar. Pero asegúrese de que *solo* se quede en una consideración.
Al decir esa última frase, Renato remarcó las palabras con un tono profundo, mirando fijamente al Alcalde Toledo.
Para haber llegado al cargo de alcalde, Eduardo Toledo tenía que ser un hombre sumamente astuto. Solo necesitó pensarlo un segundo para entender perfectamente la jugada.
En ese instante, reafirmó su creencia de que Renato Jiménez era un hombre aterradoramente calculador. Agradeció en silencio no pertenecer al mundo de los negocios y no tener que lidiar con él más de lo necesario.
La conversación concluyó después de terminar la tetera. El alcalde se retiró primero, mientras Renato se quedó sentado unos minutos más antes de salir de la sala privada.
Camilo había estado esperando afuera. En cuanto lo vio, le entregó su abrigo. Renato lo tomó sobre el brazo y se sacudió unas imperceptibles arrugas del traje.
Camilo, lleno de dudas, se atrevió a preguntar:
—Presidente Jiménez, usted... ¿por qué le pidió al Alcalde Toledo que prometiera considerarlo?
La expresión de Renato no cambió en lo absoluto.
—Solo cuando hay esperanza puede haber decepción, y con ella, una desesperación absoluta.
Camilo había estado extrañado porque, con el estilo implacable que solía manejar su jefe, la Corporación Suárez ya habría desaparecido de Valle Niebla de la noche a la mañana.
Incluso llegó a pensar que, por consideración a doña Rita, el jefe no quería ser tan despiadado. Nunca imaginó que este fuera su verdadero plan.
Renato caminó hacia las escaleras y, con Camilo siguiéndole el paso, sentenció:
—Quiero que Paula Suárez experimente en carne propia esa misma desesperación e impotencia.
Esa noche, el Alcalde Toledo asistió a la cena según lo acordado. Cuando Adán Suárez mencionó los problemas del centro de entretenimiento, el alcalde dejó caer sutilmente que ese asunto dependía de la dirección de inspección y que sus manos estaban atadas.
Adán se humilló rogándole por ayuda. Fingiendo estar en un gran dilema, el alcalde finalmente le prometió que lo iba a "considerar".

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