Terminando de desayunar, Renato miró su reloj y ordenó:
—Sube a cambiarte de ropa.
Magdalena lo miró confundida:
—¿Vamos a salir?
Renato la tomó de la mano y la guió hacia la habitación:
—Es fin de semana, aprovecharé que tengo tiempo libre para llevarte a despejar la mente.
Una vez en el dormitorio, Renato abrió el armario, sacó un conjunto de ropa para él y se cambió en un abrir y cerrar de ojos. —Te espero abajo —dijo, y salió de la habitación.
Magdalena se vistió rápidamente y bajó las escaleras. El hombre la esperaba recargado en el barandal. Mientras descendía los últimos escalones, ella preguntó:
—¿A dónde me vas a llevar?
Llevaba puesto un suéter color crema, un abrigo largo hasta la rodilla en tono palo de rosa y botas de piso que abrazaban sus finas pantorrillas. Su cabello oscuro y lacio caía libremente sobre sus hombros, enmarcando su rostro de belleza natural y delicada.
Al llegar al último escalón, Renato le extendió la mano. Ella la tomó y él la ayudó a bajar el último peldaño, envolviendo la suave mano de su esposa con la suya:
—Al lugar que más deseas visitar.
Ella lo miró con expresión de absoluta perplejidad.
Él le dio un tierno beso en la mejilla y la rodeó con el brazo para salir de la casa:
—Lo sabrás cuando lleguemos.
Mientras esperaban en un semáforo en rojo, ella preguntó:
—¿Vamos a ir a la mansión Sarmiento?

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