En una mesa arrinconada de la cafetería, Paula Suárez miraba al hombre desconocido frente a ella.
—Entonces, ¿tú fuiste quien me citó?
El hombre era muy joven, de unos veinticuatro o veinticinco años, vestido con una sudadera informal. Miró a la mujer, que llevaba más de la mitad del rostro oculto con una bufanda y gafas oscuras, y sonrió.
—¿Cuál es la prisa? Primero pidamos un café.
Paula se quitó las gafas.
—¿Sabes quién lo hizo?
Esa mañana había recibido una llamada de un número desconocido preguntándole si quería saber quién había filtrado las fotos. Sabía que no debía exponerse al escrutinio público, pero la desesperación por descubrir quién la había arruinado la obligó a asistir a la cita.
El hombre notó su ansiedad, sonrió y no dijo nada. Llamó al mesero, pidió un café y luego la miró.
—¿Qué vas a tomar?
En cuanto el mesero se acercó, Paula giró la cabeza hacia un lado, dándole la espalda. Al escuchar la pregunta del hombre, respondió en voz muy baja:
—Lo que sea.
Al ver su actitud, el hombre sonrió y le dijo al mesero:
—Ella tomará lo mismo que yo.
Cuando el mesero se fue, Paula volvió a mirar al hombre frente a ella.
—¿Ya me lo puedes decir?
El hombre sacó un par de fotografías. Paula estiró la mano para tomarlas, pero él las retiró rápidamente, dejándola con la mano en el aire. Con calma, el hombre dijo:
—Veinte mil dólares.
Paula frunció el ceño.

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