La puerta del salón privado 2228 en Bahía Dorada fue pateada de golpe. El ruido ensordecedor del interior cesó al instante y todos giraron la vista hacia la entrada.
Paula Suárez dio un vistazo rápido al lugar. El aire estaba espeso y lleno de humo. Su mirada se fijó de inmediato en Gabriel Herrera, quien estaba sentado con una mujer en cada brazo. Con paso furioso sobre sus tacones altos, se dirigió directamente hacia él.
Antes de siquiera acercarse por completo, le arrojó su bolso a la cara. Gabriel levantó el brazo para cubrirse y el costoso bolso de diseñador cayó al suelo.
—¡Gabriel Herrera! —Paula lo señaló, temblando de rabia. Mientras ella tenía la reputación destruida y su vida arruinada, ¡este infeliz estaba de fiesta rodeado de mujeres! ¡No iba a permitirlo!
Gabriel apartó a las dos mujeres que tenía abrazadas y la miró con una sonrisa burlona al ver su rostro enfurecido.
—Vaya, vaya, pero si es la señorita Suárez.
Uno de los hombres en el salón soltó una carcajada.
—Joven Herrera, ¿esta es la mujer que casi se convierte en tu prometida? ¿Qué pasa, ya nadie la quiere y por eso viene a rogarte que la aceptes?
Tras el comentario, todo el salón estalló en carcajadas.
El pecho de Paula subía y bajaba con violencia. Agarró una botella de licor de la mesa y la estrelló a los pies del hombre que acababa de hablar. Los cristales volaron por todas partes, provocando que la mujer sentada junto a él soltara un grito de terror.
Sin detenerse, Paula agarró otra botella y la rompió de un golpe seco contra el borde de la mesa. Con el cuello afilado de la botella de vidrio en la mano, caminó sobre los pedazos rotos y se acercó al hombre, con el rostro retorcido por la furia.
—¿Quién dijiste que no tiene a nadie?
Llevaba zapatos de tacón con una plataforma gruesa, por lo que pisó los vidrios sin ningún problema, haciendo crujir los cristales a su paso.
El hombre, al ver el arma punzocortante en su mano, intentó calmarla con una sonrisa nerviosa.
—Oye, solo estaba bromeando.
Paula giró hacia el resto de los presentes. El vidrio roto en su mano brillaba de forma amenazante.
—¿Tú te estabas riendo? ¿Y tú? ¿O fuiste tú?
Todos se dieron cuenta de que la mujer había perdido completamente la razón. Contuvieron el aliento, aterrorizados de que si decían algo equivocado ella se abalanzaría sobre ellos. Las mujeres de compañía estaban pálidas y se escondían en los brazos de los hombres.
Paula les gritó a todo pulmón:

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