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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 528

Ella tomó un sorbo de agua para aclararse la garganta antes de responder.

—Mientras él y yo no nos divorciemos, su estado civil legal llevará mi nombre. Incluso si usted tiene en mente a la nuera perfecta, ella jamás podrá unirse a la familia Jiménez de manera legítima. Cuando nazca mi bebé, él será el nieto mayor de la familia. Usted puede prohibirme la entrada a mí, ¿pero me va a decir que no va a querer que su nieto regrese con los Jiménez?

Ignacio soltó una carcajada burlona.

—Por supuesto que un niño de nuestra sangre no se quedará desamparado por ahí, y mucho menos siendo el nieto mayor. Tengo mil y un formas de traerlo a casa.

—Y si usted lo trae a la casa, y de la noche a la mañana la familia Jiménez presenta a su nieto mayor, todo el mundo sabrá que el niño no nació por arte de magia. La prensa no tardará en investigar quién es la madre —dijo Magdalena, manteniendo un tono suave pero firme—. Entonces todos descubrirán que yo soy la madre, que Renato es mi esposo, y que por su afán de mantener el prestigio y el estatus, usted no solo le prohibió la entrada a su nuera, sino que obligó a una madre a separarse de su hijo.

Ignacio la miró con intensidad, sin parpadear.

—¿Él te enseñó a decir todo esto?

Ella negó con la cabeza.

—Él solo me dijo que no me preocupara, que él se encargaba de todo.

Ignacio conocía perfectamente el temperamento de su hijo. Era exactamente el tipo de cosas que Renato diría; de hecho, era lo único que diría.

La mirada agresiva del patriarca se suavizó un poco, volviéndose más neutral.

—Eres muy elocuente.

Los labios de Magdalena dibujaron una pequeña sonrisa.

—Es un halago. Solo estoy relatando los hechos.

Ignacio se levantó despacio y miró al mayordomo que estaba cerca.

—¿Y mi esposa?

El mayordomo respondió con sumo respeto:

—Salió a jugar a las cartas a casa de la señora Zaragoza.

—Llámala y dile que regrese de inmediato.

El mayordomo asintió con un «Sí, señor», se acercó al teléfono fijo y llamó a Susana. Aparentemente, al otro lado de la línea ella le hizo una pregunta, pues el mayordomo miró de reojo a Magdalena y tartamudeó ligeramente antes de decir:

—La señorita Magdalena está aquí.

Aunque dijo «señorita Magdalena» en voz baja, ella logró escucharlo. Nadie en esa casa reconocía su estatus oficial. Aunque por fuera fingía que no le importaba, muy en el fondo sí le dolía el rechazo.

Cuando el mayordomo colgó el teléfono, le informó a Ignacio:

—La señora viene en camino.

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