Magdalena esbozó una ligera sonrisa y fue sincera sobre lo que pensaba.
—Al principio te ayudé por Mauricio, pero luego quise hacerlo de corazón.
Lucía levantó la vista hacia ella y movió los labios débilmente.
—¿Te doy lástima?
Magdalena tomó otra cucharada de sopa y le devolvió la mirada sin titubear.
—¿Acaso no es para dar lástima?
Lucía guardó silencio. Bajó la mirada y no volvió a pronunciar palabra, limitándose a comer en silencio cada cucharada que Magdalena le ofrecía.
Después del desayuno, Olga lavó los platos, recogió el recipiente térmico y se marchó del hospital.
Lucía se recargó en la cama, con la mirada perdida hacia la ventana. Todo en ella desprendía un aire de desolación y amargura profunda.
Mientras Lucía miraba por la ventana, Magdalena la observaba a ella. Aquella vez que Lucía llamó a Mauricio hasta Estados Unidos, ¿qué pasaba realmente por su mente?
Después de un largo rato, Lucía rompió el silencio de repente:
—Ayer me preguntaste si estaba enamorada de él...
Cuando se lo preguntó el día anterior, Lucía no había respondido. ¿Por qué sacaba el tema ahora?
Magdalena la miró con confusión.
Lucía giró la cabeza bruscamente, fijó su mirada en Magdalena y, con los labios pálidos apenas separados, murmuró:
—Si te dijera que lo amo, ¿me creerías?
Aquellas palabras dejaron a Magdalena atónita. Si de verdad lo amaba, ¿cómo había sido capaz de decirle con tanta crueldad que solo lo veía como a un hermano y que nunca había sentido nada por él?
Al ver la reacción de Magdalena, Lucía soltó una risa baja, una risa que sonaba vacía y llena de dolor.
—Sabía que no me creerías.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza