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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 622

Javier Huerta había mantenido a Lucía encerrada en la casa, torturándola durante cuatro días. Aunque no había perdido la razón, el trauma psicológico era gigantesco. Por eso, su sueño era ligero e intranquilo; al escuchar el ruido, abrió los ojos de inmediato.

Al incorporarse con dificultad y ver el rostro lúgubre de Javier, el terror y el pánico inundaron su mirada.

—¿A qué viniste?

Javier agitó los documentos que llevaba en la mano.

—¿No querías el divorcio? ¿Qué pasa, ya no quieres los papeles?

Magdalena extendió la mano para tomarlos. Javier no se resistió y se los entregó con facilidad. Ella abrió el acuerdo de divorcio y lo revisó rápidamente.

Cuando ese hombre decidía ser cruel, resultaba verdaderamente aterrador. No mostró ni una pizca de consideración por los cinco años de matrimonio que habían compartido.

No le dejó absolutamente ningún bien a Lucía; la obligaba a irse con las manos vacías. En la última página, la firma de Javier ya estaba plasmada.

Aprovechando que Magdalena revisaba el acuerdo, Javier la rodeó y avanzó hacia la cama.

Los ojos de Lucía se abrieron de par en par, llenos de terror. Se aferró a las sábanas y retrocedió, pegando la espalda contra la cabecera, que se le clavó dolorosamente en los huesos. No dejaba de mirarlo fijamente.

Al ver su expresión de pavor, Javier sintió una punzada en el corazón y se detuvo a un par de pasos de distancia.

—Cinco años de matrimonio... Dímelo tú, ¿acaso no te traté bien? ¿Teníamos que llegar a este extremo?

Al principio de su matrimonio, él la había cuidado con devoción, pero ella siempre se había mostrado distante e indiferente. En su primera gran discusión, ella lo miró con frialdad y le dijo: «Javier Huerta, tú y yo sabemos muy bien por qué me casé contigo».

Margarita, su madrastra, la había drogado para meterla en la cama de Javier. Pero él estaba en sus cinco sentidos; ella detestaba profundamente que él se hubiera aprovechado de su estado.

Magdalena guardó los papeles de divorcio y sonrió con burla.

—¿Que la trataste bien? ¿Tan bien que terminó postrada en una cama de hospital sin poder levantarse?

Javier la ignoró. Sus ojos seguían fijos en Lucía. El silencio de esa mujer, a la que amaba y odiaba a partes iguales, hizo que una profunda sensación de fracaso se apoderara de él.

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