Santiago estaba tirado en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. Entre los golpes y patadas de esos hombres, alcanzó a ver un auto de lujo estacionado al otro lado de la calle. La ventanilla bajó y dejó al descubierto el rostro de Javier Huerta.
Magdalena escuchó la historia de principio a fin y preguntó:
—¿Fue Javier quien envió a esos hombres?
—Supongo que sí —respondió él—. No tengo problemas con nadie más. La única vez que me metí en líos fue cuando llevé a los reporteros al hospital para cubrir la noticia de cómo Javier maltrataba a su esposa, y les pedí que lo publicaran en todas partes.
Magdalena intuyó de inmediato que todo estaba relacionado con ese incidente. Levantó levemente la barbilla, señalando el área de descanso cercana.
—Siéntate y descansa un momento.
Santiago estiró su brazo derecho, tratando de aflojar los músculos adoloridos.
—Voy al baño.
Ella asintió y se quedó esperando en el mismo lugar. Sacó su celular del bolso y llamó a su chofer, ordenándole que viniera de inmediato al hospital.
Quince minutos después, Santiago salió del baño. Se había aseado y acomodado la ropa, por lo que ya no se veía tan lamentable como antes. De pronto, recordó algo que le causó curiosidad.
—¿Qué haces en el hospital? No parece que te haya pasado nada.
Magdalena apretó sus labios rosados y dejó escapar un ligero suspiro.
—Lucía Leyva tuvo un accidente automovilístico. Está internada.
Aunque Santiago no era cercano a Lucía, sintió pena por ella.
—¿Cuál es su estado?
Magdalena negó con la cabeza.
—Si no despierta mañana, quedará en estado vegetativo.
Santiago se tocó la magulladura en la comisura de los labios.
—Ve a atender tus asuntos. Yo tengo que regresar al estudio a limpiar el desastre que dejaron.
Magdalena revisó la hora. Desde Bahía del Sur hasta el hospital el trayecto era de una hora; apenas había pasado media hora, así que el chofer tardaría otros treinta minutos en llegar.
—Espera un momento, iré contigo.
—Ya vinieron a buscar problemas, no creo que regresen hoy. No te preocupes —le aseguró Santiago.
Los labios de Magdalena se curvaron en una sonrisa fría.
—¿Piensas dejarlo pasar así nada más?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza