Lázaro dejó el vaso de agua sobre la mesa de noche.
—Lo normal.
Fátima le regaló una sonrisa tan elegante y serena como una flor silvestre.
—Llegué a pensar que sacarías a tu hermano mayor de la empresa.
Él acarició suavemente la mejilla de Reina, sintiendo que la temperatura de la niña había bajado bastante desde esa tarde en el hospital.
—Tenerlo cerca y bajo mi supervisión es la mejor manera de asegurarme de que no cause ningún desastre.
Fátima asintió, dándole la razón.
—Tiene sentido.
El repentino sonido de un celular rompió la tranquilidad de la habitación. Lázaro lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y salió al pasillo para contestar la llamada.
Fátima estaba de pie, a poca distancia de donde Lázaro había estado sentado. Al sacar el teléfono, ella alcanzó a ver claramente el nombre que iluminaba la pantalla: Irene Blanco.
Ese nombre no le era ajeno. De hecho, lo había estado escuchando con mucha frecuencia últimamente. Cada vez que Lázaro asistía a un evento de negocios importante, Irene era su acompañante. Y, como era de esperarse, la gente chismosa no tardaba en compararlas a ambas.
La mayoría de esos comentarios buscaban humillarla, burlándose de cómo ella, siendo la principal socialité de la ciudad, no podía siquiera competir con una mujer sin un apellido de renombre ni influencias.
En aquel círculo, la gente disfrutaba de destruir reputaciones y de hablar a espaldas de los demás. Aunque Fátima aparentaba indiferencia ante todas esas miradas cargadas de desprecio, en el fondo, los comentarios lograban incomodarla.
En el pasillo, Lázaro escuchó la voz alegre y dulce de la mujer al otro lado de la línea:
—Lázaro, ¿por qué todavía no llegas? Ya tengo la cena lista, solo te estoy esperando.
Él se frotó el puente de la nariz con cansancio.
—No voy a ir, cena sin mí.
La mujer preguntó con un tono de sorpresa:
—¿Qué pasó?
Lázaro estaba perdiendo la paciencia con ella. Su impulso era cortar la llamada de inmediato, pero su mente le repetía que debía mantener la calma y la cordura.
—Me quedé trabajando horas extras en la oficina.
Irene insistió, usando un tono meloso y mimado:
—Por más ocupado que estés, tienes que comer. Además, prometiste venir a revisar cómo he mejorado en mis clases de baile.

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