Magdalena se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Él no detuvo sus manos, pero le dijo con un tono bajo y consentidor:
—No juegues, cuando termine te dejaré hacer lo que quieras.
—¿Alguna vez te he dicho que...
Dejó la frase a medias y se quedó en silencio.
Renato desvió un poco la atención para mirarla:
—¿Qué cosa?
Ella apoyó ambas manos en los reposabrazos de la silla, inclinándose hacia adelante. Su cabello oscuro cayó sobre su pecho, y sus ojos brillaban de emoción:
—Que eres muy atractivo cuando trabajas.
Renato arqueó una ceja, soltó un ligero mhm, y dijo sin alterarse:
—Lo sé.
Magdalena sonrió en silencio:
—Menos mal que este hombre tan atractivo es mío.
Renato no afirmó ni negó nada, solo levantó un poco las cejas. Aunque ya no estaba tan concentrado como antes, sus manos seguían tecleando.
Ella curvó sus labios rojos, esbozando una sonrisa sutil:
—Y lo será toda la vida.
Renato por fin dejó lo que estaba haciendo, hizo clic con su largo dedo índice, cerró el correo, apagó la computadora y se levantó. Tomó el abrigo de ella de la silla y se lo entregó.
Magdalena lo miró confundida:
—¿Qué haces?
—Terminó la jornada —Renato le echó un vistazo, pasó por su lado hacia el vestidor y, momentos después, salió con su propio abrigo.
Magdalena parpadeó:
—Aún no es la hora, ¿y no que te faltaba terminar de trabajar?
Con lo que le había provocado, no le quedaba cabeza para el trabajo; prefería mil veces apagar la computadora e irse. Con expresión impasible, respondió:

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