Estas palabras hicieron que Ignacio Jiménez se paralizara por completo. Guardó silencio durante un largo rato antes de hablar.
—¿Todavía me odias?
Virginia mantenía un semblante sereno. Caminó hacia la puerta del despacho y, con la mano en el pomo, se detuvo por un instante.
—Nunca te he odiado, solo lamento haber nacido en la familia Jiménez y llevar este apellido. Si sientes aunque sea una pizca de culpa hacia mí, accederás a mi petición de hoy.
Ignacio la miró conmocionado mientras permanecía inmóvil en el umbral. Con el sonido de la puerta al cerrarse, se desplomó en su silla y el puro que sostenía cayó a sus pies.
Al escuchar pasos en la escalera, Magdalena y los otros dos levantaron la vista, solo para ver a Virginia bajando sola.
Susana la recibió en la sala de estar, tomándola de la mano para que se sentara a su lado.
—No nos hemos visto en todos estos años. Qué bueno que regresaste, ahora tendré a alguien con quien platicar y hacerme compañía.
Virginia bajó la mirada hacia la mano que cubría la suya.
—Cuñada, solo vine por el asunto de Renato y Magdalena. Ya hemos terminado de hablar, así que debo irme.
Susana intentó retenerla.
—Ya que estás aquí, quédate unos días más.
Virginia retiró su mano suavemente, se puso de pie, murmuró una disculpa y se dirigió a la entrada, donde una sirvienta le entregó su bolso.
Susana sabía que aún se negaba a perdonar a su hermano mayor y no quería volver a la familia Jiménez. Soltó un ligero suspiro.
—Zoraida, por favor acompaña a Virginia a la salida.
Magdalena dejó su vaso de agua sobre la mesa.
—Iré yo.
Se levantó y la siguió, acompañando a Virginia hasta salir de la sala. De pie en los escalones, el viento gélido sopló de frente, haciéndola ajustarse el abrigo.
—No imaginé que fueras la tía de Renato.
Virginia se puso unos guantes de terciopelo negro. Tenía un porte sumamente elegante y un rostro hermoso y cautivador.
—Señora Huerta o tía Virginia, llámame como prefieras. Aunque lo ideal sería que me vieras como una amiga y no como una figura de autoridad, después de todo, aún no soy tan vieja.
Su última frase estuvo cargada de humor. Magdalena soltó una risita, su hermoso rostro de piel radiante luciendo aún más expresivo.

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