El hombre llevaba una camisa negra y un pantalón de vestir de corte impecable. El amplio baño pareció encogerse de golpe debido a su imponente figura, haciendo que hasta el aire se sintiera más pesado.
Magdalena lo miró estupefacta.
—¿Qué haces aquí?
Renato tomó la ropa interior que ella acababa de quitarse.
—Voy a lavarla y secarla por ti.
Ella intentó levantarse de la bañera para arrebatarle las prendas.
—No es necesario, yo misma la lavo y la seco.
Renato se hizo a un lado para esquivar su mano. Le echó un vistazo rápido a su cuerpo desnudo, levantó una ceja y esbozó una sonrisa cargada de picardía.
—¿Estás tratando de seducirme?
Ella soltó un grito ahogado y volvió a hundirse en el agua. Su piel luminosa resaltaba aún más bajo el agua.
Los delgados labios de Renato dibujaron una sonrisa sutil. Su mirada recorrió las mejillas sonrojadas por la vergüenza de Magdalena, y salió del cuarto de baño con las prendas en la mano.
Al escuchar el sonido del agua cayendo en el lavabo, acompañado por el ligero ruido de algo frotándose, Magdalena se tapó el rostro con las manos, medio sentada en la bañera.
Después de bañarse, se secó el cuerpo y salió vistiendo la camisa de hombre. Al acercarse a la puerta del lavabo, escuchó el zumbido de la secadora de cabello.
Se quedó pasmada por un momento. Observó el perfil suave de su esposo bajo la luz. Él le estaba dando la vuelta a su pequeña ropa interior una y otra vez con la secadora, con una expresión de total concentración y sin el más mínimo asomo de impaciencia.
Renato volteó y la vio parada en la puerta. La camisa apenas lograba cubrirle los muslos, dejando al descubierto sus hermosas y esbeltas piernas. Habló con voz suave.
—Ten cuidado de no resfriarte. Ve a recostarte en la cama.
Con la calefacción encendida, la habitación no estaba fría; de hecho, se sentía bastante cálida. Ella llevaba puestas sus pantuflas grises de algodón.
Se acercó, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Tu premio.
Renato curvó los labios, y una ligera sonrisa se asomó en su rostro. Sus atractivas facciones irradiaban ternura.
—Eso no cuenta.
Ella levantó un poco la barbilla. Sus oscuros ojos reflejaban la calidez de la luz, luciendo aún más profundos.
—¿Entonces qué quieres?

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