Antes de que Virginia dejara a la familia Jiménez, Olga aún trabajaba en la mansión principal, por lo que conocía muy bien la historia entre las familias Huerta y Jiménez. Suspiró suavemente.
—No creo que la señorita Virginia acepte venir.
Magdalena respondió con total seguridad.
—Voy a llamarla. Estoy segura de que vendrá.
Sacó el celular de su bolso y le marcó. Al escuchar la invitación, Virginia aceptó con mucho gusto.
Cuando Olga se enteró de que Virginia iría a cenar, se alegró muchísimo e inmediatamente le pidió al chofer que la acompañara a comprar los ingredientes.
Magdalena regresó a su habitación y buscó recetas de mariscos en su computadora, pero las instrucciones eran tan complejas que terminó abrumada.
Como los mariscos requerían tiempo, alrededor de las cuatro de la tarde, Magdalena se puso ropa cómoda y entró a la cocina.
Era su primera vez preparándolos, así que no sabía por dónde empezar. Afortunadamente, contó con la ayuda de Olga, quien la iba guiando paso a paso. Por ser principiante, sus movimientos eran un poco torpes.
Cerca de las cinco, Virginia llegó a Bahía del Sur. Joaquina la recibió en la sala de estar y se dispuso a ir a la cocina para avisarle a Magdalena.
Virginia se quitó el abrigo y se lo entregó.
—No es necesario, sigue con tus cosas.
Joaquina colgó el abrigo y le preguntó si deseaba tomar té o alguna otra cosa. Ella pidió un vaso de agua y se dirigió hacia la cocina.
Allí, Magdalena vestía ropa cómoda, con su oscuro cabello recogido en una coleta y un delantal de flores atado a la cintura. Estaba preparando cangrejos bajo las instrucciones de Olga.
Virginia se apoyó en el marco de la puerta de la cocina con el vaso de agua en la mano, observando la hermosa y atareada figura con una leve sonrisa en el rostro.
Cada vez le agradaba más esa sobrina política. El hecho de que cocinara ella misma estando embarazada era un detalle que valía oro.
Olga se dio la vuelta para buscar la sal y, al verla parada en la puerta, la saludó con alegría.
—¡Señorita Virginia!
Magdalena volteó y la vio parada detrás de ella.
—¡Tía Virginia!
Virginia asintió con una sonrisa.
—Deja que Olga se encargue. No te desgastes, mejor ven a platicar conmigo.

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