La voz burlona de Virginia resonó en la entrada.
—¿Hasta cuándo piensan seguir derrochando miel?
Magdalena levantó la vista. Virginia estaba recargada en el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirándolos con una sonrisa juguetona.
Las mejillas de Magdalena se ruborizaron. Se apartó del abrazo de su esposo y tosió ligeramente para disimular su vergüenza.
—La comida ya casi está lista.
La sonrisa de Virginia se hizo aún más amplia.
—En realidad no tengo tanta hambre, pero vi que la comida afuera se estaba enfriando, así que vine a apurar un poco las cosas. O si prefieren, ¿los dejo para que continúen?
Los comentarios la hacían sentir aún más apenada.
—Ya casi terminamos. Te pido que nos des unos minutos más, tía.
Le hizo una seña con la mirada a Renato para que saliera primero, pero el hombre ni se inmutó, por lo que ella misma tuvo que empujarlo hacia la puerta.
Renato permaneció estoico. La hizo girar sobre sí misma, le desató el nudo del delantal por detrás, lo arrojó sobre la encimera y la tomó de la mano para salir de la cocina.
Virginia parpadeó sorprendida.
—¿Ya podemos comer?
Olga estaba esperando afuera de la cocina. Renato pasó junto a ella, llevando a Magdalena de la mano. Sin detener el paso, ordenó con tono sereno.
—Termina de preparar lo que falta.
Olga asintió y regresó a la cocina.
Magdalena levantó el brazo para olfatearse. Su ropa olía a aceite y humo, así que subió a cambiarse.
Cuando bajó, Renato y Virginia ya estaban sentados a la mesa esperándola.
Entró al comedor y se sentó junto a Renato, diciendo con total sinceridad:
—Tía, gracias por lo de ayer. Mis suegros ya me aceptaron, así que ahora soy oficialmente parte de la familia Jiménez. Preparé todos estos platillos especialmente para ti, espero que te gusten.
Virginia, con una sonrisa en los labios, le guiñó un ojo.
—Si te ofrecieras como tributo a mí, me gustaría mucho más.

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