Al llegar a la Plaza de la Era y ubicar el lugar que Magdalena había recomendado, Sebastián le dijo al conductor:
—Yahir, ve a comprar algo.
Yahir asintió, bajó del auto y entró a la pastelería.
Quedándose a solas en el auto, Magdalena se sentía inmensamente incómoda y buscó de qué hablar:
—¿Te gustan los dulces?
—A Fabiola le encantan —Sebastián esbozó una sonrisa de lado, y levantó una ceja—. ¿Te gustó mi regalo?
La pregunta la tomó por sorpresa; la noche anterior se le había olvidado abrirlo y seguro seguía en la habitación. Evadió la mirada y respondió:
—Sí, me gustó. Gracias.
A los pocos minutos, Yahir regresó con los dulces. En el trayecto de vuelta no intercambiaron palabra.
Al llegar a la mansión, el auto se detuvo en el patio. Cuando Magdalena iba a bajar, Sebastián dijo a sus espaldas:
—¿Estás enojada porque le di problemas a tu amigo cuando nos conocimos? ¿Por eso no me tragas?
La mano de ella se detuvo sobre la puerta. Volteó a verlo:
—Tengo muy mala memoria. ¿Nos conocíamos de antes?
Las pupilas oscuras de Sebastián brillaron de una manera intensa, como si la estuvieran analizando, y luego sonrió con malicia:
—Quizá recordé mal.
Al entrar a la sala, Susana y Fabiola estaban viendo la televisión. Sebastián puso los dulces en la mesa central:
—Mamá, Fabiola, les traje postres de la Repostería Nube Dorada.
Susana se iluminó con una sonrisa:
—Esos dulces son muy famosos, si llegas tarde no alcanzas. Fabiola, pruébalos.
—¿De verdad? —Sebastián fingió sorpresa—. Menos mal que Magdalena nos dio la recomendación.
Fabiola tomó un bocado. Estaba dulce, pero no empalagaba.
—Gracias, Magdalena.

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