Ella respiró hondo y se sentó bien derecha. Aunque Sebastián sonreía, por alguna razón le transmitía una sensación de opresión constante que la obligaba a mantenerse en guardia.
—Nada, solo estaba mirando.
Sebastián se recostó en su asiento. Sus ojos oscuros no mostraban emociones, pero la sonrisa seguía en su rostro:
—Si no tienes nada que hacer, ¿por qué no me acompañas a pasear?
Magdalena no dijo palabra y se limitó a mirarlo con unos ojos claros, pero profundamente fríos.
Sebastián alzó una ceja y, al verla tan cortante, cerró la boca aburrido.
Al llegar a Bahía del Sur, Magdalena abrió la puerta y bajó.
—Ya llegué, gracias —dijo, y cerró la puerta.
A través de la ventana, él la observó entrar a la casa con gran interés. Una nube oscura de intenciones indescifrables se asomaba en el fondo de sus ojos.
Al entrar a la sala, Olga se apresuró a recibir su bolso:
—Joven señora, ¿por qué regresó? El mayordomo avisó que se quedarían un tiempo en la mansión.
Magdalena se quitaba la bufanda mientras caminaba hacia las escaleras:
—Solo vine a buscar unas cosas.
En el dormitorio, guardó algunas mudas de ropa en una bolsa. Renato ya tenía ropa en la mansión, así que no era necesario llevarle nada.
Bajó de nuevo, le pidió a Olga un vaso de agua, tomó unos tragos y se lo entregó:
—Dile al chofer que traiga el auto.
Olga respondió:
—Como sabíamos que se quedarían en la mansión, el chofer pidió el día libre.
—Ah —murmuró. En ese caso, tendría que pedir un taxi.
Tras un breve descanso, salió de la casa con la ropa en mano. Al ver que la Cayenne seguía estacionada en la calle, dio media vuelta instintivamente para volver a entrar.
Sonó el claxon a sus espaldas, pero fingió no escucharlo. El fuerte pitido sonó una y otra vez, con tal insistencia que no se detendría hasta que ella le hiciera caso.

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