La veterana con la pierna mala intentó defenderse a sí misma y al hospital, pero los reporteros carroñeros, que solo buscaban el morbo, la acorralaron contra la pared. Con las cámaras casi pegadas a su rostro, las preguntas no dejaban de lloverle:
—¿Cuenta usted con cédula profesional médica? ¿Cómo garantiza la seguridad de una cirugía con su condición física?
La mujer apretó los puños y, con voz ronca, respondió:
—En nuestros tiempos en el mar... salvábamos vidas cosiendo heridas hasta con alambre...
—¡Escuchen eso! ¡¿Qué clase de respuesta es esa?! —gritó Verónica, interrumpiéndola y provocando las burlas de la multitud.
El hombre de la cicatriz, harto de tanta bajeza, se interpuso para proteger a su compañera.
—¡Se están pasando de la raya! ¡Ya no queremos su maldito trabajo! ¡Quédenselo! ¡Déjenos en paz!
—Bola de lisiados muertos de hambre, pfft —se burló alguien.
Ese comentario fue la gota que derramó el vaso para los veteranos. Sin embargo, lo que más se les notaba era la decepción, no el coraje; decepción hacia esos jóvenes por los que alguna vez habían arriesgado la vida.
En medio de los empujones, alguien entre las sombras aprovechó el caos para encender la mecha y crear la noticia perfecta. Estalló una pelea.
—¡Estos lisiados nos están pegando! ¡Auxilio! ¡Policía! ¡Llamen a la policía! —gritó una voz.
Las patrullas ya habían llegado. Los oficiales intervinieron con macanas en mano, pero no golpearon a los reporteros ni a los alborotadores, sino a los veteranos que, cegados por la rabia, habían empujado a alguien por accidente.
—¡Quietos todos! ¡Dejen de pelear!
El sonido sordo de una macana golpeando la espalda del veterano de la cicatriz resonó en el lugar. El hombre soltó un quejido, pero con su brazo derecho mutilado siguió protegiendo a su compañera.
Al ver esto, la sangre le hirvió al resto de los veteranos.
—¡Me lleva la chingada! ¡Cuando nosotros estábamos defendiendo al país, ustedes todavía usaban pañales! ¡¿Cómo se atreven a tratarnos así sin investigar primero?!
—No han investigado nada, no han intentado calmar las cosas, ¿y todavía esperan que me quede cruzada de brazos? —respondió Melisa con el rostro inexpresivo—. ¿Saben a quiénes están golpeando?
—Nosotros solo hacemos cumplir la ley. Nos vale madre quiénes sean o cuántas palancas tengan —replicó el oficial.
El comandante a cargo se acercó.
—Todo lo que estamos haciendo está dentro de la ley. Usted está acusada de agredir a un oficial y, como directora de este hospital, nos va a tener que acompañar a la delegación para aclarar todo este asunto.
Luego volteó hacia sus hombres.
—Esposen a los lisiados y súbanlos a las patrullas.
—¡No son lisiados! —dijo Melisa con firmeza—. ¡Son militares!
Lamentablemente, entre tanto ruido, ningún oficial le prestó atención. Los medios, al ver a los veteranos arrestados, se abalanzaron sobre el comandante y le pusieron los micrófonos en la cara.

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