Tras pasar varios días siendo interrogada en la prisión militar, Verónica finalmente fue llevada a juicio ante el tribunal militar.
Durante el juicio, nadie de la familia Serrano dio la cara, ni tampoco le contrataron un abogado.
Al verse acorralada por las pruebas, no le quedó más remedio que declararse culpable. Cuando se enteró de que la acumulación de delitos le sumaría quince años de condena, Verónica enloqueció.
—¡No, no, no! ¡No puedo ir a prisión! ¡Soy muy joven, no me hagan esto! ¡Haré lo que sea! ¡Pediré perdón a todos a los que he lastimado! ¡Se los suplico, no me manden a la cárcel!
Renato, siguiendo las órdenes de Dani, montó una cámara frente a Verónica. —Puedes pedir perdón. Si la persona ofendida lo acepta, quizá te reduzcan un par de años la condena. ¿Sabes a quién le tienes que pedir disculpas?
Verónica respondió a toda prisa: —¡Sí, sí lo sé! Tengo que pedirle perdón a los exmilitares y al Hospital de los Santos.
De inmediato cayó de rodillas frente a la cámara, con la cabeza baja y hecha pedazos por la humillación. Después de disculparse varias veces así, un par de botas militares perfectamente lustradas aparecieron en su campo de visión. Renato se hizo a un lado y saludó militarmente al recién llegado.
Verónica levantó la vista, temblando. Cuando vio la figura imponente frente a ella, las pupilas se le dilataron del susto.
Dani la observaba desde arriba, impecable en su uniforme, con una expresión dura e impenetrable. Se agachó lentamente hasta quedar a la altura de sus ojos y le dijo con una voz grave y amenazante: —Te faltó una persona.
A Verónica le temblaban los labios. —No... no sé a quién más...
—Melisa. —Dani pronunció el nombre lentamente—. La persona a la que de verdad debes pedirle perdón es a ella. A la que le quitaste a su familia, a la que le pusiste trampas y a la que le hiciste la vida imposible.
Verónica se puso pálida y sacudió la cabeza frenéticamente. —¡No... no fue así! ¡Ella me robó todo! Ella...
—Cállate. —La voz de Dani no fue fuerte, pero hizo que Verónica temblara entera.
—Ella era quien mantenía a flote a la familia Serrano. Tú no eres más que un parásito chupasangre y, ¿todavía quieres echarle la culpa? ¿Acaso no arruinaste todo tú sola? Si de verdad la hubieras tratado como a una hermana, no habrías terminado hundida de esta manera.
La mirada de Verónica se paralizó y tartamudeó: —¿Qué... qué quieres decir? Ya hice lo que me pediste, dijiste que me ayudarías.
—Y lo haré —dijo Dani poniéndose de pie. La miró por última vez con desprecio, sacó la tarjeta de memoria de la cámara y se dio la media vuelta para irse.
Cuando el hombre salió, Renato recogió el equipo y ordenó que volvieran a encerrar a Verónica. Al ver su cara de alivio, no pudo evitar comentarle: —Nuestro coronel jamás bromea cuando se trata de cosas serias.
Verónica lo miró. —¿Qué insinúas? ¿Acaso esto no es un asunto serio?
Renato soltó una risita burlona. —No, me refiero a que acaba de suceder algo muy importante que arruinaste, y su nivel de tolerancia llegó al límite.
Verónica se quedó de piedra.
Al día siguiente, se emitió el fallo definitivo del tribunal militar.

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