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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 268

El tiempo voló y llegó el mediodía del lunes.

Melisa agarró unas llaves al azar del buró y bajó al estacionamiento subterráneo. Al presionar el botón, se encendieron las luces de un auto deportivo último modelo, color rosa pastel y tapizado en diamantes de imitación. Al ver semejante exageración, Melisa se quedó sin palabras.

Ese coche debía ser nuevo en la colección, porque no recordaba haberlo visto antes.

Regresó a cambiar las llaves por las de un Mercedes un poco más discreto. Ya arriba del coche, le mandó un mensaje a su hermano mayor.

[Ese deportivo rosa con diamantes del garaje está demasiado llamativo. Te urge un curso de buen gusto, hermano.]

Mateo Núñez, muy serio y seguro de sí mismo, le contestó:

[Dicen que a las muchachas les gusta el rosa. Solo quiero que mantengas un espíritu joven.]

Melisa ya no le contestó. Aceleró y pronto llegó a la entrada del Instituto Juan Pablo II.

Esta era la mejor preparatoria de Santa María, pero el nivel de los alumnos era un extremo u otro.

Solo entraban dos tipos de personas: los que eran demasiado pobres para pagar la colegiatura pero eran unos genios absolutos, y los que tenían pésimas calificaciones pero el dinero suficiente para comprar su lugar en la escuela y recibir una educación de élite.

Melisa fue a buscar a Teresa. Tocó la puerta del salón y el bullicio habitual se apagó de inmediato.

Todos los alumnos clavaron la mirada en la mujer que estaba en la entrada.

Llevaba una sencilla camisa blanca y pantalones de vestir negros, con el cabello recogido en una cola de caballo casual, pero ni eso lograba opacar su rostro casi perfecto.

La luz del sol se colaba por las ventanas del pasillo y la envolvía por completo, haciéndola ver deslumbrante.

—¡Órale! —exclamaron un par de chavos en la última fila al mismo tiempo.

—¿Es la nueva maestra? ¡Está guapísima! —le susurró una chica de lentes a su compañera.

—No creo, se ve muy joven. Seguro es alumna de nuevo ingreso.

Teresa estaba recostada en su pupitre intentando dormir. Al escuchar el alboroto, levantó la cabeza. Cuando vio a Melisa, saltó de su asiento de inmediato, pero antes de que pudiera acercarse, alguien más se le adelantó.

Yori se plantó frente a ella con una falsa expresión de inocencia y sorpresa.

—No vengo a buscarte a ti —dijo Melisa con frialdad. Esquivó a Yori, dejándola petrificada por la humillación, y caminó hasta el pupitre de Teresa. Tocó la mesa con los nudillos—. Vengo desde el otro lado de la ciudad para arreglar tus problemas, ¿y ni siquiera me saludas?

Teresa levantó la cabeza de golpe. Su mirada pasó de la tristeza a una inmensa alegría, y empezó a tartamudear:

—Yo... yo pensé que no venías por mí.

Melisa arqueó una ceja.

—Si no vengo por ti, ¿por quién más? No conozco a nadie más aquí.

Su tono de voz no fue un grito, pero resonó lo suficiente para que todo el salón entendiera el mensaje: ella y Yori no eran cercanas, ni siquiera conocidas.

Se hizo un silencio sepulcral en el aula. Todos voltearon a ver a Yori con rareza. La cara de la chica se puso roja como un tomate; apretó la tela de su uniforme con tanta fuerza que casi se entierra las uñas en las palmas.

—Yo... no es... —Yori balbuceó, tratando de inventar una excusa, pero la mirada gélida de Melisa le cortó las palabras de tajo.

—Teresa, llévame con el director Londo —ordenó Melisa. No alzó la voz, pero cada estudiante en el salón la escuchó perfectamente.

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