Durante tres días seguidos, Melisa salió a correr puntualmente cada mañana por los alrededores de la lujosa mansión en la cima de la montaña.
Debido a su estatus como invitada especial, los guardias que patrullaban no la detuvieron, salvo en las áreas estrictamente prohibidas.
Para entonces, Melisa ya se había grabado en la mente toda la topografía de la casa y la distribución de los guardias.
En la mañana del cuarto día, salió a correr como de costumbre, mientras seguía observando discretamente las posiciones de seguridad. Ya había memorizado los rostros de todos, así que, con solo ver quiénes se cruzaban, dedujo los horarios de los cambios de turno.
Sin embargo, hoy notó un detalle distinto. No era dentro de la mansión, sino en la torre de vigilancia externa que monitoreaba los vehículos. Los turnos de hoy no coincidían con los de ayer. El guardia que debió haber sido relevado en la mañana seguía en su puesto mucho después de la hora acordada.
Melisa cruzó miradas con él por un segundo y siguió corriendo. Los ojos de ese hombre la habían detectado en cuanto apareció. Su mirada era demasiado aguda, y la forma en que su dedo descansaba sobre el arma delataba una postura típica de francotirador.
Tras confirmar el movimiento de los guardias de hoy, Melisa regresó a su cuarto, se bañó, se cambió de ropa y apareció puntualmente en el quirófano, que en ese momento estaba vacío.
Sin ninguna prisa, tomó un bisturí, se acercó a la ventana y empezó a juguetear con él, observando el reflejo de los edificios exteriores en el metal brillante.
Justo a la hora de la cirugía, Aureliano llegó en silla de ruedas, escoltado por un grupo de hombres de su cártel.
Su asesor médico se disculpó de inmediato.
—Tuvimos un contratiempo. ¿Podemos empezar?
—¿Se tomó la medicina a tiempo? —preguntó Melisa.
El asesor frunció el ceño.
—Esta mañana se tomó la tercera píldora.
La expresión de Melisa no cambió. Ya sabía que esto pasaría. El efecto del Extracto de Menta Glaciar era inmediato. Era obvio que Aureliano no se la tomaría el primer día; su equipo médico seguro tomó muestras para analizarlas en el laboratorio y solo se la dieron cuando confirmaron que era segura.
Al ver que ella no decía nada, el asesor preguntó dudoso:
—¿Eso afectará la cirugía?
—Hoy es justamente el tercer día —respondió Melisa—. Podemos operar.
El asesor cayó en cuenta de que la chica ya había anticipado que analizarían las píldoras, por eso les dio ese plazo de tres días desde el principio.
Esa precisión, sumada a la evidente mejoría en el estado de Aureliano, hizo que el médico la tratara con mucho más respeto.
—Mi equipo la asistirá en todo lo que necesite.
Melisa asintió con frialdad.
—¿Ya contactaron a su jefe interino?
—Mi hijo adoptivo llegará en cuanto termine la cirugía —respondió Aureliano.
—Perfecto. Pero, después de operar, voy a necesitar que me hagan un favor.



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