Los videos de las cámaras de seguridad de la casa de los últimos dos días habían sido borrados sin dejar rastro. Aparte de los que la habían visto en persona, lo único que tenía Nicanor en sus manos era un retrato hablado de Médico Milagro, dibujado por un artista basándose en las descripciones de los presentes.
Ese rostro compartía al menos un cincuenta o sesenta por ciento de similitud con el de su hermana.
Pero él había llamado a casa y también había revisado la ubicación de Melisa; ella había estado viajando por Hawái todo este tiempo e incluso acababa de publicar una foto en la playa.
Su coartada era perfecta.
Entonces, ¿de verdad era solo una coincidencia?
Incluso después de terminar su cigarrillo, Nicanor seguía sin encontrar una respuesta lógica.
***
Melisa había previsto que Nicanor investigaría su paradero, por lo que, tras calcular meticulosamente su llegada a Hawái, hizo una videollamada con Leopoldo y subió unas fotos a Instagram.
No dejó ni una sola huella en Colombia y borró los registros de seguridad limpiamente. En cuanto a la tarjeta bancaria, la transacción se hizo a través de una cuenta fantasma; el dinero fue movido apenas llegó y la cuenta destruida, por lo que Nicanor jamás podría rastrear al titular.
No había dejado cabos sueltos.
Tras descansar un día entero en Hawái, Melisa recuperó su energía y emprendió el vuelo de regreso.
Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto internacional de Santa María, Melisa recibió un mensaje encriptado en su celular: [Nicanor a salvo. La situación en Colombia se ha estabilizado].
Presionó el botón de eliminar con ligereza y esbozó una leve sonrisa.
Al salir de la terminal, los rayos del sol la bañaron. Melisa se quitó los lentes oscuros y entrecerró los ojos hacia el cielo. Un sedán negro y discreto se detuvo lentamente frente a ella. La ventana bajó, revelando el perfil anguloso de Dani.
—Sube —dijo el hombre sin rodeos, aunque su mirada la recorrió de pies a cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, mirándose la ropa—. ¿Tengo algo sucio?
—Escuché a tu abuelo decir que vas a organizar un banquete de bienvenida. ¿Al fin te decidiste?
Dani apartó la mirada y le dejó sobre las piernas una bolsa de papel. Adentro había un muffin de chocolate recién horneado que aún desprendía vapor.
—Solo no quiero que mi abuelo se preocupe —dijo Melisa, dándole un mordisco al pan caliente—. Además, tener un reconocimiento formal me va a evitar muchos problemas.
Dani sonrió de lado.
—Me parece bien. Al menos, con ese respaldo, quien quiera meterse contigo tendrá que pensarlo dos veces.
—Supongo —asintió ella.
—Oye, ¿qué me querías decir en la llamada de aquella noche?
—¿Cuál llamada? —Melisa ladeó la cabeza, confundida.
Dani le lanzó una mirada de reojo y supo de inmediato que lo había olvidado.
—Olvídalo, no es nada.
Melisa se quedó mirando por la ventana durante un largo rato antes de hablar.
—Gracias.
Su voz se perdió un poco con el ruido del aire. Dani tamborileó los dedos sobre el volante, con una sonrisa asomándose en sus labios.
—¿Qué dijiste?
—Pero no tienes que volver a hacerlo.
Esa última frase destruyó en un segundo el buen humor que apenas comenzaba a aflorar en él.



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