—Son enviados del Ministro de Defensa para apoyarte con la actualización tecnológica —explicó Dani.
Melisa asintió.
—Muy bien, empecemos entonces.
Ese grupo de personas ya había presenciado las habilidades de modificación tecnológica de Melisa en el buque de guerra militar. Por lo tanto, aunque eran eruditos con mucha más trayectoria que ella, acataron sus instrucciones y trabajaron en perfecta sincronía.
En tres días, el equipo logró importar y ejecutar todo el código sin contratiempos. Las cosas fluyeron mucho mejor de lo esperado.
Durante la primera prueba de campo con el nuevo sistema, Melisa encendió el equipo de emergencia, activó el modo de combate y dejó que la inteligencia artificial hiciera su trabajo. La evaluación automática de heridas, el escaneo tridimensional, el monitoreo de signos vitales y la generación de un protocolo de rescate se ejecutaron en cuestión de segundos, sin la menor pausa.
Cuando el simulador de paciente sufrió un paro cardíaco, el sistema se anticipó a la crisis y preparó un inyector de adrenalina de forma automática.
Tras someter la máquina a pruebas continuas, no hubo ningún margen de error ni sobrecalentamiento en el hardware. ¡En comparación con los equipos que proveía Hugo, esto representaba un salto monumental!
—¡Es una chingonería!
No se supo quién gritó aquello, pero de inmediato, un estruendoso aplauso inundó el laboratorio. Todos rodearon a Melisa, mirándola con genuina admiración y respeto.
Uno de ellos dio un paso al frente y le extendió una invitación formal.
—Nos encantaría que te unieras a la Universidad de Norston como catedrática de posgrado en medicina o en inteligencia artificial. Nos urgen mentores con tu talento en estas áreas.
Evidentemente, ya venían preparados con la propuesta.
Al ver que una mujer que le sacaba al menos diez años de diferencia le hablaba con tanta reverencia, Melisa aceptó el sobre.
—Lo tomaré en cuenta.
De todas formas, estaba en sus planes continuar con sus estudios formales. Lo que no sabía era si le permitirían saltarse tantos grados para dar clases a nivel de posgrado de forma directa.
—¡Yo digo que nos vayamos a festejar! —sugirió alguien—. ¡Esto es histórico! ¡Por fin nos deshicimos de los aparatos médicos de Hugo!
—No cantes victoria tan rápido —lo interrumpió otro—. Ese tipo se va a aferrar a las patentes con uñas y dientes. Si nos acusa de plagio tecnológico, aunque tengamos las manos limpias, se nos viene un pleito legal larguísimo. No podremos reemplazar sus equipos de la noche a la mañana.
—No tardaremos mucho —intervino Melisa con calma.
—Exacto. Hay que mantener esa actitud positiva para que todo salga bien.
En ese justo instante, el celular de Melisa vibró un par de veces. Era un mensaje de Dafne.
[Hugo mordió el anzuelo.]
La misma noche que Melisa abandonó Colombia, Aureliano cumplió con la última parte de su trato: utilizando su influencia, publicó en la web profunda una jugosa oferta buscando un corazón y un riñón de tipo de sangre RH nulo. El donante debía ser un hombre de alrededor de veinte años, completamente sano, y la extracción tenía que hacerse en vida.
Dafne hizo girar el licor en su vaso y soltó una carcajada irónica.
—¿Y por qué me arriesgaría por ti? Melisa me paga muy bien. Claro, no es tanto dinero como el que ganaba con los negocios turbios de los Silva, pero al menos tengo la conciencia limpia.
Rechazó la propuesta con un gesto despectivo, tomó su bolso y se dispuso a irse.
Al ver su actitud altanera, Hugo soltó una risa burlona.
—¿De verdad te creíste el cuento de que me tienes agarrado por los huevos? Las pruebas de tráfico de órganos que tienes llevan el sello privado de tu familia. Si vas de soplona con las autoridades, ¿quién crees que va a terminar pudriéndose en la cárcel?
Dafne volteó a mirarlo fijamente y esbozó una sonrisa fría.
—Gracias por el consejo.
Al notar que ella seguía sin ceder, Hugo borró su sonrisa de golpe. Metió la mano en su chaqueta, sacó un fajo de fotografías y las arrojó al aire, esparciéndolas por toda la mesa y los sillones del lugar.
Al ver aquellas imágenes obscenas, Dafne se quedó paralizada. Una chispa de furia homicida cruzó por sus ojos.
—¿Te resultan familiares? ¿Ya viste quién es el que te está cogiendo ahí? —se mofó Hugo con una expresión asquerosa y vulgar—. Sabes que soy un pervertido y una basura de persona. ¿De verdad no se te ocurrió que mi recámara estaría atestada de cámaras?
Tengo cinco discos más con tu nombre guardados en mi caja fuerte —Hugo se levantó y se pegó a ella, aferrándole la cintura con fuerza mientras sentía cómo ella temblaba—. Dime algo, si filtro todas estas fotos tuyas revolcándote conmigo a cambio de poder en el hospital... ¿Crees que todos esos contactos que tanto te costó hacer no se volverán en tu contra para destruirte?

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