—¡No te atreverías! —Dafne se giró de inmediato para empujarlo y le apuntó a la cara, fuera de sí—. ¡Estás enfermo! ¡¿Cómo fuiste capaz?!
Hugo, quien había retrocedido por el empujón hasta sentarse sobre la mesa de centro, soltó una carcajada cínica y desquiciada.
—Tú decides. O cooperas conmigo, o mañana en la mañana todo el mundo verá tus fotos.
Dafne se rindió, con lágrimas de impotencia en los ojos.
—Te ayudaré.
Sin embargo, en cuanto salió del bar y subió a su auto, las lágrimas desaparecieron de su rostro y en su lugar apareció una mirada llena de odio. Realmente no esperaba que Hugo llegara a tal extremo; la había estado manipulando desde el principio.
Pero esta vez, ¿quién era el gato y quién el ratón?
***
Al recibir el mensaje de Dafne, Melisa confirmó que Hugo, convencido de tener a la mujer bajo su control absoluto, ya le había revelado detalles sobre la red de tráfico de órganos que seguía operando en las sombras.
Dafne le preguntó cuándo podrían dar el golpe final, pero Melisa le ordenó esperar una semana. Si le avisaban a Hugo demasiado pronto que ya habían encontrado un donante compatible, podrían arruinar todo el plan.
Mientras ese asunto seguía su curso, Melisa se hizo un tiempo para pasar a recoger a Teresa a la escuela y luego fueron a una cafetería cercana para continuar con sus tutorías.
Como la Casa de la Fuente Dorada quedaba muy lejos y Teresa regresaba a su hogar demasiado tarde, ambas decidieron estudiar en un lugar más céntrico.
Al día siguiente iniciarían los exámenes mensuales. Esa tarde, justo a la salida de la escuela, Melisa se topó con el director del Instituto Juan Pablo II. Aunque ella no lo conocía físicamente, él sí sabía perfectamente quién era.
—¡Doctora Serrano! —El director le estrechó la mano con entusiasmo—. Mi apellido es Miranda. Seguramente no me ubica, pero debe conocer al señor Bautista.
El director Miranda hizo un gesto imitando a alguien que se masajeaba el cuello.
—Ya sabe cómo somos nosotros con la cervical, que siempre nos anda doliendo y andamos tronándonos el cuello, ¿verdad?
Al mencionarlo, Melisa hizo memoria.
—No haga eso, podría lastimarse los ligamentos.
El director Miranda sonrió complacido.
—¡Claro que sí! ¡Vamos por ese caldo!
Era la primera vez que Teresa veía a su estricto director, ese hombre imponente que daba discursos desde el podio, actuando tan complaciente y servicial con alguien.
Un grupo de compañeros que iba saliendo detrás de ellas reconoció a Melisa y al director. No pudieron evitar murmurar entre ellos.
—¿Qué hace el director Miranda con ellas?
—Quién sabe.
Una de las chicas, que era amiga de Yori, le tomó una foto disimuladamente y se la mandó por mensaje para contarle el chisme.
Después de cruzar un par de palabras en el chat, la chica guardó su celular y comenzó a seguirlas a escondidas para averiguar de qué se trataba.

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