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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 286

El director Miranda llevó a Melisa y a Teresa a un restaurante de caldos y guisados que frecuentaba. Casualmente, al pasar junto a uno de los salones privados del lugar, vieron que los profesores de la clase de élite también estaban cenando ahí.

Aprovechando que un mesero abría la puerta para entregar un platillo, uno de los profesores vio pasar a su superior y se levantó corriendo para recibirlo.

—¡Director Miranda! ¡Qué sorpresa verlo por aquí!

Dos de los maestros salieron a saludarlo.

—Acompáñenos a cenar, apenas nos acaban de servir.

El director Miranda sacudió la mano para declinar.

—No, no, muchas gracias. Hoy vine a invitarle la cena a mi benefactora, así que paso de esta.

—¿Benefactora? —Los dos profesores clavaron la mirada en Melisa. Al ser una figura tan sonada en las noticias últimamente, la reconocieron al instante.

—Con más razón, vengan a sentarse con nosotros —insistió uno de ellos—. Entre más, mejor. Justo estábamos platicando sobre cuántos alumnos lograrán entrar a la clase de élite en estos exámenes parciales.

Al escuchar «clase de élite», a Teresa se le iluminaron los ojos.

Melisa notó la reacción de la chica, así que intervino justo cuando el director Miranda estaba a punto de rechazar la oferta de nuevo.

—Podemos comer todos juntos. Pedir una mesa aparte sería más complicado; no me molesta en absoluto.

Aliviado, el director Miranda hizo un gesto cortés, cediéndole el paso para que entrara primero.

Al ver semejante actitud de respeto por parte de su propio director, los maestros dentro del salón se enderezaron y no se atrevieron a ser descorteses con Melisa.

El calor llenaba el pequeño cuarto; la olla de pancita hervía a borbotones, desprendiendo un aroma tentador a chile guajillo y especias.

El director Miranda le pidió a los meseros que colocaran una silla extra justo al lado de Melisa y se sentó junto a ella.

—Pruebe este pedazo de callo, doctora Serrano, es la especialidad de la casa —ofreció el director sirviéndole con extrema amabilidad, mientras los demás profesores intercambiaban miradas de asombro.

El profesor Pech, de matemáticas, no pudo aguantar la curiosidad.

—Director Miranda, ¿ella es...?

—Ah, ella es la doctora Melisa Serrano. ¡Gracias a ella me curé por completo de mi problema cervical! Es una doctora excepcional, de verdad. ¡Es un orgullo para las nuevas generaciones!

El director hizo las presentaciones con una gran sonrisa.

—Y ella es Teresa, alumna de nuestra escuela. Hace rato me enteré de que está recibiendo tutorías de la doctora Serrano.

Los maestros asintieron por educación, aunque por dentro no dejaban de murmurar. Ver al respetado director de la escuela tratando con tanta reverencia a una doctora tan joven era algo insólito.

—¿Teresa? —Omar, el profesor de física, hizo memoria—. Si mal no recuerdo, en los últimos exámenes mensuales quedaste como en el puesto doscientos, ¿no?

Solo había cuatrocientos alumnos en todo ese grado.

Teresa detuvo sus cubiertos a la mitad de un movimiento, sintiendo cómo sus mejillas se encendían.

—Sí... estoy esforzándome para ponerme al corriente.

—No te preocupes, paso a paso —la consoló el maestro, aunque mentalmente ya la había tachado de la lista de posibles candidatos para la clase de élite.

Teresa asintió lentamente.

—Por eso se me hizo tan familiar...

—Entonces dales la respuesta.

Teresa miró de reojo a todos esos maestros y sintió un hueco en el estómago. Pero al voltear y toparse con la mirada serena de Melisa, se llenó de valor y alzó un poco la voz frente a todos los presentes.

—Disculpen... Se podría hacer una transformación a coordenadas polares. Si toman el parámetro «t» como el ángulo de rotación, pueden sacarle los valores extremos a la función del área de superficie...

Aunque no gritó, sus palabras resonaron con una claridad abrumadora en medio de aquel alboroto.

El salón entero se sumió en un silencio absoluto. Todos los profesores voltearon a ver a aquella alumna, la cual solía pasar completamente desapercibida, con los ojos abiertos de par en par.

Los cubiertos del profesor Pech cayeron sobre la mesa con un estrépito metálico.

—¿Cómo... cómo sabes cuál es el procedimiento oficial?

Teresa se sintió intimidada por las miradas de todos y, por instinto, buscó el apoyo de Melisa.

Melisa le dio un par de palmaditas suaves en el dorso de la mano y le dedicó una ligera mirada de aprobación.

—Me... me lo enseñó Melisa —respondió la joven, reuniendo todo su valor—. Ella me explicó que usando coordenadas polares los problemas de sólidos de revolución se simplificaban muchísimo, y me enseñó a derivar la fórmula general...

El profesor Pech se puso de pie de un salto, casi tirando su plato de salsa.

—¡¿Fórmula general?! ¡¿Qué fórmula general?!

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