Los labios de Yori comenzaron a temblar sin control. De pronto, el collar de girasoles en su pecho se sintió hirviendo, como si fuera un hierro al rojo vivo marcando su piel. Dio un paso hacia atrás, apretando el colgante con tanta fuerza que los bordes metálicos se le encajaron en la palma, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación de las palabras de Melisa.
Hizo un esfuerzo titánico por tragarse el coraje.
—¡Aunque sea como dices, los Soto le deben un favor enorme a mi familia! El abuelo Soto me prometió que yo sería la señora de Dani. ¡Seré su única esposa! ¡Tú nunca tendrás oportunidad!
Melisa asintió, con una calma imperturbable.
—Ah, pues felicidades por adelantado.
¡Esa actitud tan relajada hizo que Yori quisiera lanzarse a ahorcarla!
Justo en ese momento, Dani, que acababa de preparar el té para la cruda, empujó la puerta. La cálida y parpadeante luz del candelabro que llevaba en la mano rompió la oscuridad de la habitación y dejó al descubierto la tensa atmósfera del lugar.
Su figura imponente bloqueó la entrada. De inmediato notó que había alguien más en el cuarto y su mirada barrió el espacio con la agudeza de un halcón.
La luz de las velas proyectó sombras duras sobre su rostro de facciones marcadas, congelando por completo el rastro de ternura que había tenido por la preocupación hacia Melisa.
Cuando su vista recayó en Yori —quien estaba tirada en la alfombra, con un camisón de encaje casi transparente, el pelo alborotado y la cara llena de lágrimas—, su mirada se volvió tan gélida que cortaba.
—Yori —dijo Dani. Su voz no era alta, pero llevaba una frialdad que bastó para congelar el ambiente—. ¿Quién te dio permiso de entrar a mi habitación?
Yori se estremeció ante el tono duro e inesperado. Intentó ponerse de pie apoyándose en las manos y las rodillas, pero se quedó paralizada bajo la fría mirada del hombre.
Nunca antes había visto a Dani mirarla con tanta severidad. No había ni una pizca de calidez en sus ojos, solo un escrutinio implacable y una autoridad que no admitía réplica.
—Da... Dani... —sollozó Yori, con la voz cargada de un supuesto sufrimiento inmenso, intentando despertar su lástima—. Tenía... mucho miedo a los truenos... Pensé que estabas aquí... Vine a buscarte...
Se giró sutilmente para que su escote abierto mostrara aún más piel, y lo miró con los ojos llorosos.
La mirada de Dani ni siquiera parpadeó; de hecho, se volvió aún más fría. Con el té para la cruda en una mano, entró a la habitación e ignoró olímpicamente a Yori, dirigiéndose directo hacia la cama. Colocó el candelabro en el buró con cuidado para iluminar a Melisa, y luego le tendió la taza.
—Tómatelo, para que no te duela la cabeza.
Melisa percibió el dulce aroma a piloncillo, tomó la taza y empezó a beber a sorbitos.
Solo después de asegurarse de que lo hiciera, Dani se dio la vuelta y miró a Yori desde arriba. Las llamas saltaban a sus espaldas, alargando su imponente sombra en el suelo como si fuera un guardián despiadado.


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