Dani asintió.
—Sí, yo lo preparo. ¿Es muy complicado?
—N-no, para nada, es solo que me sorprendió un poco. —El chef disimuló su asombro, sacó los ingredientes y, tras calmarse, le explicó—: Es muy sencillo, yo le enseño.
Afuera, la lluvia arreciaba. El huracán hacía crujir las hojas de los árboles, y el viento, cargado de gruesas gotas, golpeaba las ventanas con un aullido ensordecedor.
Yori llevaba un buen rato esperando en su recámara, pero el coche de Dani no aparecía. La lluvia desdibujaba la vista por la ventana. Harta de esperar, abrió la puerta y salió al pasillo. Tras dar unos pasos, vio un tenue rayo de luz colándose por la rendija de la habitación de Dani. Su mirada impaciente se iluminó de inmediato con una chispa de emoción.
Seguramente, por la tormenta, Dani había estacionado su coche directamente en el garaje subterráneo, por eso no lo había visto llegar.
Corrió de vuelta a su cuarto para arreglarse el escote. Tras comprobar que su maquillaje estaba impecable, Yori volvió a salir. Sin embargo, apenas puso un pie en el pasillo, un trueno ensordecedor estalló justo al lado de su oído.
El cielo entero pareció rasgarse; los relámpagos cruzaban el firmamento como grietas de luz ardiente.
El impacto fue tan cercano que afectó la subestación eléctrica de la zona. En un instante, casi todas las residencias de Casa de la Fuente Dorada se quedaron sin energía, y la inmensa mansión de los Soto quedó sumida en una oscuridad tan densa que no se veía ni la mano frente a la cara.
Yori dio un paso atrás, asustada de verdad. Pero al voltear hacia la recámara de Dani, un arranque de valentía aplastó su miedo. ¡Se dio cuenta de que esta era la oportunidad perfecta!
Con la excusa del apagón, podía ir a buscar consuelo abiertamente y aprovechar para seducirlo.
Con esa idea en mente, Yori corrió hasta la puerta de la habitación de Dani.
Adentro, Melisa acababa de darse un baño y estaba acurrucada bajo las cobijas. Medio dormida, escuchó una voz de mujer que llamaba con tono tímido desde el pasillo:
—¿Dani, estás ahí? ¿Puedo pasar?
Yori apoyó la mano en la puerta con la intención de tocar, pero la hoja cedió ante su peso.
¡No tenía seguro!
Con un leve chirrido, la chica entró descalza a la recámara a oscuras. Gracias a los destellos de los relámpagos que entraban por la ventana, alcanzó a distinguir un bulto bajo las sábanas de la cama.
—¿Dani?
La persona en la cama no respondió. ¿Se habría quedado dormido?
En ese momento, otro relámpago cayó con fuerza. Yori mandó el pudor al diablo, se lanzó sobre la cama y gritó alterada:
—¡Dani! ¡Tengo mucho miedo! ¿Puedo acostarme con...
—No sé si en el futuro serás la esposa de Dani, pero ahora mismo, ese cuento solo te sirve para engañar a tus compañeritas de la escuela.
Se inclinó hacia ella y le rozó el collar con los dedos.
—Si yo quisiera, esto estaría ahora mismo en mi cuello, ¿lo entiendes?
La expresión de Yori se congeló al instante.
—¿De qué hablas?
Melisa le dio unas palmaditas suaves en el hombro y respondió con indiferencia:
—Porque en realidad, era para mí. Si Dani de verdad te quisiera, no te daría algo que iba a ser para mí como si fuera una gran prueba de amor. Él no es tan cabrón. Así que, lo más seguro es que estuviera a punto de tirarlo a la basura y tú, con lo vanidosa que eres, se lo rogaste como si fuera un tesoro. Luego inventaste toda esa historia, ¿me equivoco, Yori?
Otro relámpago iluminó los ojos de Melisa, que brillaban con una mezcla de ebriedad y agudeza.
Yori sintió que el alma se le caía a los pies.
Melisa había dado en el clavo, no se había equivocado en una sola palabra. Todo había pasado exactamente como lo había deducido. Eso significaba que, desde el primer día que inventó la historia de la prueba de amor con el collar, ¡Melisa lo sabía todo! ¡Simplemente no la había desenmascarado y se había dedicado a verla hacer el ridículo como a una payasa!

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