Justo cuando terminó de hablar, tocaron a la puerta y les llevaron dos platos de cortes de carne con papas a la francesa.
A Melisa le brillaron los ojos al ver la carne. Se sentó frente a Dani, tomó su tenedor y soltó una queja:
—Se nota que Hugo sabe cuidar pacientes, me dio pura comida desabrida. Tengo la boca harta de comida insípida; ya hasta se me antojaba pescar algo en el mar para cambiarle.
Estaba intentando aligerar el ambiente para quitarle de encima esa vibra pesada y fría a Dani. Pero él seguía con la mirada clavada en ella, sin soltar ni una sola sonrisa; su presencia era imponente e intimidante.
Melisa arqueó una ceja, estiró la mano, le pellizcó el cachete y le jaló un poco la piel para forzar una mueca de sonrisa.
—Sonríe un poco, te ves muy feo con esa cara.
Dani se quedó sorprendido por el contacto repentino. Levantó la mano, le agarró la muñeca, tomó su mano y la acarició suavemente entre las suyas. Fue entonces cuando las comisuras de sus labios se elevaron un poco, dándole más vida a su rostro siempre serio y guapo.
Al ver que ya se había relajado un poco, Melisa retiró la mano y siguió comiendo.
Al notar que su cabello seguía escurriendo agua, Dani se levantó y trajo una secadora.
—Tienes que secarte el cabello. Acabas de salir del mar, no te vayas a enfermar.
El hombre se paró detrás de ella y le apartó el cabello, dejando al descubierto su nuca blanca, donde tenía un claro corte ensangrentado. Su mano se detuvo de golpe y sus pupilas se contrajeron.
Una gota de agua cayó justo en la herida, provocándole un ardor. Ese pequeño dolor hizo que Melisa se llevara la mano al cuello por instinto, pero Dani la detuvo.
—No te toques. —La voz de Dani sonó fría, pero llena de preocupación—. Parece que te cortaste con algo filoso.
Melisa quitó la mano, agarró un par de papas sin darle importancia y las masticó antes de responder:
—Seguro me raspe con alguna madera rota de ese barco chatarra.
Mientras jugaba al gato y al ratón con la gente de ese barco, era normal llevarse uno que otro raspón; para ella, no era la gran cosa.
Pero Dani se quedó en silencio. Usó sus dedos para apartarle el cabello, evitó la zona lastimada, le secó el pelo por completo y luego se dio la vuelta para buscar el botiquín.
Se inclinó, y su respiración caliente rozó la nuca de la chica, mientras el olor a desinfectante llenaba el aire.
—Aguántate un poco. No sé si lo que te cortó estaba oxidado, así que tengo que limpiarlo bien.
Que la tratara con tanto cuidado, como si fuera extremadamente frágil, hizo que Melisa se sintiera un poco incómoda. Quiso decirle que no la tocara, pero al final se tragó las palabras y dejó que los dedos de él le recorrieran la nuca.
Dani le acarició la parte trasera del cuello. La yema de sus dedos, algo ásperas, le dieron un suave masaje alrededor de la herida, como si estuviera mimando a un cachorro.
—¿Adelantaste el plan por los niños?
Melisa cerró los ojos, disfrutando el tacto.
—Sí, si no lo hacía, todos esos niños habrían terminado como órganos en hieleras. No podía dejar que pasara.
—Entonces debiste avisarme con anticipación.
Dani terminó de curarle la herida, le puso una gasa esterilizada, dejó las cosas a un lado y la abrazó por los hombros desde atrás. Apoyó la barbilla en su cabeza y soltó un profundo suspiro.
—De verdad, casi me matas del susto.
La espalda de Melisa sintió el firme pecho de él y su cuerpo se estremeció por instinto. Incluso a través de la ropa, podía sentir los latidos fuertes y acelerados del hombre. No sabía si era la adrenalina sobrante de verla con vida o la emoción de tenerla tan cerca.
—Tranquilo. —Melisa le dio unas palmaditas en el brazo y dijo en voz baja—: Soy mucho más ruda de lo que crees.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA