Las palabras tan lógicas de Mateo hicieron que a Nicanor le cayera el veinte de golpe. Su expresión se volvió muy seria.
—Entonces solo queda una posibilidad... aunque suena a locura.
Su hermanita era el famoso y misteriosísimo «Médico Milagro» de la Dark Web, esa figura que aparecía y desaparecía a voluntad, y por la cual los millonarios desahuciados rogaban pagar una fortuna con tal de conseguir una consulta.
—¿Detrás de esa carita tan joven y bonita? —Orfeo soltó con voz suave—. No olviden que apenas tiene veinte años. ¿Les parece normal?
—El abuelo me contó que ya se está preparando para su posgrado —explicó Mateo—. Saltó varios semestres en la universidad. Por lo que supe, publicó un informe médico que dejó a los profesores de la facultad boquiabiertos.
Nicanor interrumpió de nuevo:
—Con la muerte de Hugo estos días, no se ha filtrado mucha información de alta mar, pero me enteré de que piratas somalíes estuvieron involucrados. Dudo mucho que esos piratas aparecieran por casualidad para asaltar un carguero todo oxidado que se veía sin un quinto.
Lo que insinuaba era que su hermana también podía tener alguna conexión con los piratas, aunque en la cadena de pruebas que se hizo pública no figuraba su nombre por ningún lado.
Como Dani lo había limpiado todo a la perfección, era inevitable sospechar que había un montón de secretos ocultos.
Orfeo captó la indirecta de Nicanor y dejó escapar un suspiro.
—No niego que existan los genios en este mundo —dijo con voz grave y dulce—, pero este nivel ya no es cosa de genios.
Era de monstruos.
—Sea como sea, es nuestra hermana —sentenció Mateo con voz firme—. Si ella no quiere soltarnos la sopa, nos haremos los desentendidos. Después de todos los años que le fallamos, es lógico que nos tenga desconfianza y se cuide las espaldas. Lo único que nos toca es quererla el doble.
Sin pensarlo dos veces, hackeó el servidor del Instituto Juan Pablo II, borró todos esos rumores malintencionados y rastreó a la persona detrás de las cuentas anónimas.
Todas las cuentas publicaban desde un mismo celular. Siguiendo ese rastro, Melisa se metió al teléfono y abrió la galería de fotos. Al toparse con las selfis de la dueña, alzó una ceja.
«Tenía que ser ella...»
Tras darle unas vueltas al asunto, agarró unas llaves rojas que llamaban mucho la atención en su escritorio y salió de la mansión de los Núñez.
Primero se dio una vuelta por la plaza para comprar ropa juvenil y cosas de la escuela como una mochila.
Cuando calculó que ya era hora y que a Teresa seguro ya le habían entregado los resultados porque estaban a punto de salir de la escuela, se subió a un Lamborghini rojo que casi nunca usaba y se dirigió al Instituto Juan Pablo II.

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