Había sido Yori. Tumbó accidentalmente el vaso de jugo, derramando un líquido rojizo sobre el mantel. Se mordía el labio inferior con furia, tenía los ojos rojos y el pecho le subía y bajaba rápidamente, lanzando a Melisa una mirada cargada de celos y resentimiento puro.
Dani actuó como si no hubiera escuchado nada; ni siquiera desvió la mirada. Seguía concentrado en Melisa, esperando su respuesta.
Todos en el restaurante estaban pendientes de ese pequeño rincón. El aire estaba tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
En los pasillos del Instituto San Juan Pablo II se decía a voces que Yori tenía un romance en secreto con el influyente heredero de los Soto. Y ahí estaba él, pidiéndole una oportunidad, frente a toda la escuela, a la misma chica que había desenmascarado a Yori en el auditorio.
¿Acaso tenía sentido?
—Yori, ¿no decías que andabas con el coronel Soto? ¿Por qué le está pidiendo una cita a otra frente a ti?
—¿Nos estuviste mintiendo todo este tiempo?
Las preguntas le cayeron encima sin darle un respiro.
A punto de llorar, Yori recurrió a la mentira por inercia:
—Es que... rechacé su propuesta de matrimonio. Por eso se fue a buscar a otra.
—¿Matrimonio? —sus compañeros explotaron de asombro.
—¡¿El coronel Soto te pidió matrimonio?! ¡¿Por qué le dijiste que no?!
Yori apartó la mirada y, con voz entrecortada, continuó con su teatro:
—Porque primero quiero terminar mi carrera, quiero ser digna de él. No quiero que la gente diga que solo se casó conmigo por mi juventud.
Se estaba inventando una historia que hasta ella misma se iba a creer.
Al no soportar la presión de ser juzgada por tantas miradas, empujó su silla y se alejó corriendo.
Una de sus amigas dio un pisotón de coraje y se puso de pie:
—¡Ay, por favor! Por mucho que el coronel la ame, no debería usar estos trucos para obligar a Yori a ceder. ¡Qué malo es! ¡Yori, espérame!
En la mesa de los maestros, todos esperaban la reacción de Melisa.
Ella desbloqueó su celular y se lo tendió a Dani.
—Señor Soto, pásame tu WhatsApp, así podemos ir platicando.
Ellos ya se tenían agregados desde antes, pero los maestros no lo sabían y pensaron que había chispa entre ambos. Sonrieron aliviados; viéndolos bien, hacían una excelente pareja.
—¿Otra vez te saliste? ¡Te dije que lavaras esa caja de verduras y te fueras a tu cuarto! ¡Ándale, métete!
El gerente la metió a empujones a la cocina y luego le sonrió a Melisa a modo de disculpa.
—Es una trabajadora con problemas intelectuales. La dejamos hacer tareas sencillas por lástima, pero a veces se altera. Si necesita algo, dígame a mí, señorita.
Melisa miró la puerta de la cocina.
—Entiendo. Entonces, ¿podría prepararme una cena para llevar? Tengo una alumna que llegará más tarde y es para ella.
—Claro que sí, no hay problema. Déjeme su nombre y cuando llegue la niña que venga directo al comedor. Le serviremos un plato caliente para que pueda comer algo reconfortante cuando llegue.
Melisa le dio las gracias y se retiró.
Después de cenar, los alumnos se juntaron en la zona de pasto para armar sus tiendas en grupos pequeños, practicando para sobrevivir en el bosque al día siguiente.
Andrés y los militares los supervisaban de cerca. Daban algunas instrucciones en voz alta, pero ignoraban los berrinches de las chicas que rogaban por ayuda. Al fin y al cabo, esta actividad afectaría sus calificaciones; no podían hacer trampa.
Melisa estaba sentada sola en el pasto cuando su celular vibró dos veces. Era un mensaje de Dani, pidiéndole que fuera a donde estaba el jeep.

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