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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 380

Los demás familiares empezaron a hacer ruido también.

—¡Sí! ¡Que pague!

—¡Se ve muy finita, pero tiene el alma podrida!

—¡Llamen a la policía! ¡Tienen que meterla a la cárcel!

Las enfermeras, pálidas del susto, se escondieron detrás del mostrador sin atreverse a decir una sola palabra.

La tensión en el pasillo era insoportable; bastaba una chispa para que todo estallara.

Melisa, sentada en su silla de ruedas, tenía el rostro algo pálido por la convalecencia, pero sus ojos estaban inusualmente tranquilos. Había incluso un brillo gélido en su mirada, como si ya entendiera exactamente qué estaba pasando.

—No asesiné a nadie —dijo con calma—. Yo le salvé la vida.

—¡Puras mentiras! ¡¿Creíste que como en esa zona no había cámaras de seguridad, nos íbamos a tragar que no hubo testigos?! —le gritó la madre de Patricia—. ¡Varios estudiantes vieron clarito cómo agarraste a nuestra niña y la aventaste como escudo para salvar tu propio pellejo! ¡La que debía tener la pierna rota y quedarse con cicatrices eras tú!

—¡Eres una víbora!

Varios de los familiares soltaron maldiciones e intentaron abalanzarse sobre ella para golpearla, pero los guardaespaldas de Melisa eran demasiado imponentes. Formaron una barrera infranqueable alrededor de ella, impidiendo que la tocaran.

Uno de los escoltas se giró ligeramente para preguntarle:

—Señorita, ¿quiere que alguno de nosotros la escolte de regreso a su cuarto?

—¿Por qué habríamos de irnos? —respondió Melisa con frialdad—. Huir sería aceptar una culpa que no tengo y darles motivos para hablar.

Sin inmutarse por los insultos que le llovían, Melisa apartó la mirada de los enloquecidos padres y la fijó en la esquina del pasillo. Allí venía Patricia, empujada en una silla de ruedas por dos de sus compañeros, avanzando con dificultad.

Patricia se veía destrozada. Tenía una pierna metida en un yeso grueso y sujeta por unos fierros, además de llevar el pecho y la espalda envueltos en gruesos vendajes. Tenía la cara deshecha. Entre cirugías y curaciones insoportables, los últimos dos días la habían dejado al límite. No quedaba rastro de la chica alegre y llena de vida que solía ser.

Tanto Patricia como los dos compañeros vieron a Melisa en su silla de ruedas. Sabían perfectamente lo que había pasado en el bosque y que la habían incriminado falsamente. En ese momento, desviaron la mirada, incapaces de sostenerle los ojos a Melisa.

—Patricia. —La voz de Melisa no fue fuerte, pero cortó el bullicio con una claridad pasmosa y una autoridad invisible—. ¿Fui yo quien te destrozó la pierna?

Los murmullos de la gente estallaron de inmediato, y todas las miradas que caían sobre Melisa estaban llenas de desprecio y condena.

Justo en ese momento, se escucharon pasos al final del pasillo. Era Yori, seguida de otros estudiantes que habían estado presentes durante el ataque en el bosque.

Yori llevaba una expresión perfectamente calculada de conmoción e indignación. Se acercó a Patricia y fingió apoyarla con preocupación, mientras le lanzaba a Melisa una mirada afilada que ocultaba una imperceptible pizca de triunfo.

—¡Patricia! ¡Cuánto has sufrido! —La voz de Yori destilaba una falsa compasión—. No tengas miedo, todos tus compañeros te vamos a apoyar. Aunque quiero pensar que todo fue un malentendido y que Melisa te empujó sin querer, por accidente.

Apenas terminó la frase, los estudiantes que venían detrás de ella empezaron a darle la razón al unísono, alzando la voz cada vez más para asegurarse de que todos los escucharan:

—¡Sí! ¡Todos lo vimos! ¡Melisa fue la que aventó a Patricia!

—¡Era un caos total, pero yo vi clarito cuando Melisa hizo el movimiento!

—¡Fue Melisa! ¡La usó de distracción para el oso y así poder huir ella!

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