—¡Qué horror! ¡Cómo puede haber gente tan podrida por dentro!
Lo decían con tanta seguridad y con expresiones tan "indignadas" que cualquiera juraría que habían sido testigos presenciales del "crimen" de Melisa.
Especialmente el chico de lentes, que hablaba con tanto ímpetu que hasta escupía al hablar.
Una de las chicas, la del cabello rizado, se aseguró de recalcar un punto clave:
—¡Si no fuera porque Yori se dio cuenta a tiempo y empezó a gritar para distraer al oso, Patricia ya no la estaría contando! ¡Esa maestra del grupo de excelencia es una basura de persona, es una pinche asesina!
Sus palabras sonaban firmes, pero el nerviosismo en sus miradas los delataba.
Con la mentira respaldada por tantos "testigos", los padres de Patricia comenzaron a temblar de coraje. El señor incluso intentó abalanzarse para golpear a Melisa, pero los guardaespaldas lo detuvieron en seco.
—¡Ahí están las pruebas! ¡Están los testigos! ¡¿Qué más vas a inventar ahora?! —le gritó la señora, señalándola enloquecida—. ¡Maldita perra! ¡Qué bueno que te mordió el oso! ¡Lástima que no te mató! ¡Págame la pierna de mi hija!
Los insultos y maldiciones resonaban por todo el pasillo.
Frente a esa avalancha de reclamos, difamaciones e insultos asquerosos, Melisa seguía sentada en su silla de ruedas, completamente al margen del escándalo. Su expresión no cambió ni un milímetro, pero sus ojos parecían dos pozos de agua helada; tenían una intensidad aterradora.
No miró a los familiares que le gritaban, ni a Yori con su pésima actuación. Su mirada se detuvo, uno a uno, en los estudiantes que estaban rindiendo falso testimonio.
—¿Por qué le están haciendo el juego con estas mentiras? —La voz de Melisa no era alta, pero tenía una cualidad penetrante que se impuso por encima de todo el ruido, llegando clara a los oídos de todos—. ¿De verdad creen que por echarme la culpa van a lograr que sus papás consigan un local en Plaza del Roble y se van a volver los héroes de sus casas?
Los estudiantes se tensaron al mismo tiempo e instintivamente intentaron esquivarle la mirada. Solo les quedó hacerse los valientes de boca para afuera:
—¡De qué pendejadas estás hablando! Nosotros estamos aquí para apoyar a Patricia, ¿qué tiene que ver eso con una tal Plaza del Roble? ¡Deja de inventar cosas para zafarte!
Melisa desvió la mirada hacia Patricia.
—Te lo pregunto por última vez: ¿de verdad le debes la vida a Yori y no a mí?
La mirada de Melisa fue tan incisiva que a Patricia le temblaron los labios.
Yori se apresuró a intervenir.
—Melisa, Patricia apenas se está recuperando, deja de amenazarla.
Bajo la mirada amenazante que Yori le lanzó disimuladamente, Patricia hizo un esfuerzo sobrehumano y asintió, pronunciando con un hilo de voz:
—Sí... tú fuiste la que me empujó.
—Entiendo que tengas miedo de enfrentar las consecuencias, pero a estas alturas ya no te sirve mentir ni desviar la conversación. Todo el mundo sabe que Plaza del Roble lo llevan los Soto. Y Dani, te lo digo yo, jamás encubriría a alguien culpable. Además, Patricia y todos estos compañeros te están señalando directamente, las pruebas están ahí. Lo que deberías estar haciendo ahorita es bajar la cabeza, pedir perdón y buscar que Patricia y su familia te disculpen, en lugar de estar montando esta escenita de "soy la dueña del proyecto".
—Eso solo hace que te veas más... patética.
Yori estaba muy confiada. Aunque Dani tuviera favoritismo por Melisa, ella tenía de su lado al abuelo Soto y el peso de haberle salvado la vida. Si ella pedía un par de locales para ayudar a sus compañeros, se los darían sin pensarlo dos veces.
Al ver esto, los estudiantes que habían dudado al principio, se dejaron llevar de nuevo por la actitud de los adultos y de Yori.
El chico de lentes estiró el cuello y alzó la voz:
—¡Eso mismo! ¡No creas que nos vas a intimidar con tus papelitos equis! Plaza del Roble es la obra maestra de los Soto, ¿qué vas a tener tú que ver ahí, Melisa? A lo mucho tendrás un poco de lana, ¡pero no le llegas ni a los talones a las verdaderas familias de peso pesado!
La de pelo rizado le hizo segunda:
—¡Sí, ándale! ¿A poco quieres venir a charolearnos con tus palancas? ¡Ni que fueras tan importante! ¡Aquí la única verdad es la que estamos diciendo nosotros!
La madre de Patricia soltó una risa seca.
—Esta maldita gata seguro ya se volvió loca, ¡ahora resulta que se cree la dueña del proyecto!

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