Melisa no dijo más. Abrió la carpeta del proyecto y le echó un vistazo a los nombres de los locales propuestos. Aún no tenía idea de a qué se dedicaban las familias de esa gente.
Todos la vieron hacer una llamada. Habló en voz baja: —Ahorita mismo checa la lista de alumnos de tercero de prepa, grupo dos, del Instituto Juan Pablo II. Quiero toda la información sobre los negocios de sus familias. Revisa cuántos de ellos enviaron la solicitud de evaluación para los locales en la Plaza del Roble, saca la lista y mándamela.
No pasaron ni cinco minutos cuando le llegó un correo anónimo al celular con los nombres de varios negocios.
Los familiares seguían con sus burlas, atrayendo las miradas y los murmullos de los curiosos.
Melisa se limitó a pedirle una pluma a su guardaespaldas y empezó a leer con voz calmada: —Boutique de lencería «Bella Dama», Casa Aroma, Spa «Misterio», y...
Con cada nombre que leía, tachaba algo en la carpeta. Al terminar con el último negocio, dejó de escribir, levantó la mirada y observó al grupo que tenía enfrente. —¿Me equivoco?
Se les borró la sonrisa de golpe. Sin excepción, Melisa había atinado con precisión al negocio que respaldaba a cada una de sus familias.
Con esa seguridad, parecía claro que no estaba improvisando ni hablando al azar.
Al ver que se habían quedado mudos del susto, Yori se apresuró a intervenir: —Melisa, ya sé que Dani y tú son amigos, pero no puedes usar eso de excusa para agarrar la carpeta de su proyecto así nada más. Seguro ya habías checado esa información con los maestros.
Melisa no se molestó en darle explicaciones. Cerró la carpeta y se la entregó al guardaespaldas. —Llévale esto a mi hermano mayor. Dile que todos los locales que taché quedan vetados. Ninguno de ellos va a entrar a la Plaza del Roble. Cancela cualquier trato con ellos. Quien miente tiene que hacerse responsable de lo que provoca.
El guardaespaldas tomó la carpeta con respeto. —Enseguida, señorita.
—¿Y tú quién te crees que eres? ¿Cancelar todos los tratos? ¡Ay, por favor! —se burló la mamá de Patricia—. Muchos de nuestros negocios de lujo trabajan directamente con los Núñez, la familia más rica de la ciudad. ¿A poco te crees la niña de la casa? ¡Híjole, qué pena, pero ellos no tienen hijas, puros hombres!
Melisa esbozó una leve sonrisa, sin ánimos de discutir. Solo miró a Yori con una expresión que decía mucho más de lo que aparentaba. —Yori, llevas un buen rato viviendo en la casa de los Soto, ¿y a poco nunca te ha dado curiosidad saber quiénes son los vecinos de al lado?
Yori solo sabía que Melisa también vivía en Casa de la Fuente Dorada, pero la verdad es que nunca se había puesto a investigar quiénes más residían en esa zona exclusiva.
La mirada fría y las palabras de Melisa le hicieron sentir un nudo en la garganta, y una angustia sorda empezó a apretarle el pecho.
Antes de que Yori pudiera inventar una respuesta, Melisa le hizo una seña al guardaespaldas para que la regresara a la zona VIP del hospital. Al principio tenía ganas de dar una vuelta, pero con tanto alboroto, se le quitaron por completo.
En cuanto Melisa se fue, la mamá de Patricia seguía haciendo berrinche, exigiendo que llamaran a la policía para arrestarla. Pero Yori sabía perfectamente que si el asunto se hacía más grande y salían a la luz pruebas inesperadas, no iba a poder sostener su mentira.

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