El segundo matón le tiró un machetazo a la cintura. Melisa se apoyó con una mano en el manubrio de la moto, se impulsó en el aire y le dejó caer el talón en el hombro como si fuera un hachazo. El golpe fue tan salvaje que el tipo soltó un quejido sordo, se desplomó de rodillas en el suelo y el machete cayó con un sonido metálico.
El tercer y cuarto atacante se le echaron encima al mismo tiempo. Entre un tubo de acero y una ráfaga de golpes, le cerraron todas las salidas.
La mirada de Melisa se volvió letal. Con una fuerza explosiva tremenda para el poco espacio que tenía, se subió a la moto de un salto, giró el manubrio con brusquedad y usó la fuerza de sus caderas para derrapar. ¡La parte trasera de la pesada motocicleta barrió a los hombres como un ariete de acero!
Hubo dos golpes secos. Los matones, sin tener a dónde huir, recibieron el impacto de lleno en las costillas. Salieron volando mientras gritaban de dolor y terminaron embarrados en la pared, resbalando hasta el suelo completamente fuera de combate.
Todo pasó en segundos. En menos de quince segundos, los cuatro rufianes ya estaban tirados en el piso, gimiendo de dolor y sin fuerzas para seguir peleando.
Hasta entonces, Melisa bajó de la moto con una agilidad impresionante. Sus movimientos eran tan limpios y despreocupados que parecía que, en lugar de haberse rifado una pelea a muerte, solo se hubiera sacudido el polvo de la ropa.
Ni se molestó en mirar a los tipos que se retorcían en el suelo. Caminó directo hacia donde estaba Tobías y comenzó a desatarle las cuerdas.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Melisa se inclinó y le tendió la mano. Unos mechones le rozaron el hombro bajo la luz del mediodía, y Tobías se quedó mirándola, aturdido.
Él le tomó la mano y se levantó apoyándose en ella.
Melisa lo soltó y caminó hacia los hombres que seguían chillando. Pisó fuerte a uno de los gordos con su tenis blanco y lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Ustedes son de La Esperanza?
El hombre la miró aterrorizado y le rogó, arrastrando las palabras:
—¡No me mate! ¡No me mate! ¡Yo nomás sigo órdenes porque me pagaron!
—¿Todos ustedes son del mismo pueblo? —insistió Melisa. Pero, al ver que el gordo estaba tan cagado de miedo que apenas podía balbucear, recogió la botella de ácido del piso, le quitó la tapa y se la acercó a la cara—. Háblame claro, sin rodeos.
—¡Sí! ¡Todos somos de La Esperanza, venimos de Valdemora! —gritó el gordo, histérico.
Melisa inclinó un poquito la botella.
—¿O sea que todo el maldito pueblo se dedica a la trata de personas y a los talleres clandestinos?
El poblado de La Esperanza quedaba a unos veinte kilómetros de Valdemora, conectados por una carretera federal. Estaba cerquita.
El gordo estaba fuera de sí y temblaba sin control.
—S-sí, la neta sí. Casi todos en el pueblo nos dedicamos a esto. Nos organizamos en bandas, todo es un negocio bien montado.
Si el lugar donde vivía Catalina estaba plagado de tratantes de personas y mafiosos, y ella también había sido secuestrada para terminar en ese pueblo, ¿por qué habían vendido a su hijo? No tenía sentido. ¿Acaso era puro machismo y desprecio por las mujeres?
—¿Conoces a Catalina? —le preguntó Melisa.

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