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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 429

Toda la sala se sumió en un silencio sepulcral.

Las miradas iban y venían entre Rocío y el diseñador, y más de uno miraba de reojo a Melisa, expectantes por ver cómo lidiaría con aquella falta de respeto monumental.

Rocío temblaba de impotencia.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y apretaba tanto el bolígrafo que tenía la mano rígida.

La humillación era tal que le costaba respirar y las palabras se le atoraban en la garganta.

Y entonces, en medio de ese silencio asfixiante...

¡Pum!

Un golpe seco resonó en el lugar.

La mano de Melisa había aterrizado sobre el cristal de la mesa.

No fue un manotazo histérico, pero tuvo la fuerza suficiente para obligar a todos a clavar su atención en ella.

Por fin rompió el silencio, con un tono peligrosamente sereno:

—¿Ya terminaste?

Nadie se atrevió a contestar.

Con movimientos pausados, sacó una memoria USB de sus carpetas y la conectó en el equipo de la sala.

—Bueno, entonces me toca a mí.

La enorme pantalla a su espalda se encendió y mostró los estados financieros de los últimos cinco años de Comercial Novierra, con gráficas de pérdidas, ganancias y varias irregularidades señaladas.

Melisa se puso de pie.

—Estos dos días que tomé el mando de la empresa, dediqué algo de tiempo a revisar la situación general.

—Esteban Calderón, supervisor de diseño y esposo de la gerente de la sucursal principal de Comercial Novierra. Llevas cinco años a cargo de este departamento desde tu ingreso —dijo Melisa, abriendo directamente una tabla de datos sin alterar su expresión—. ¿Afirmas que los materiales que ella consigue son caros y difíciles de manejar, y que eso retrasó la producción causando pérdidas?

Esteban se quedó pasmado al ver las cifras del mercado tan detalladas en la pantalla y, sobre todo, al notar que la joven no solo sabía quién era él, sino que conocía a la perfección sus vínculos familiares.

Respondió casi por inercia:

—Así es.

—El tercer trimestre del año pasado, la colección «Estrellas» que tú gestionaste se vendió bajo el concepto de diseño original. Las ventas fueron un fracaso total y el inventario rezagado superó el sesenta por ciento. Pero hay un detalle muy curioso. —Melisa esbozó una leve sonrisa, y a Esteban se le borró de golpe la seguridad.

Melisa dio un clic, cambiando a la siguiente diapositiva.

—Usé un algoritmo para extraer dos bocetos de las bases de datos de derechos de autor y, mediante un análisis de inteligencia artificial, descubrí que más del setenta por ciento de los elementos de tu colección son una copia idéntica de los nuevos lanzamientos de una marca italiana independiente llamada Celeste. Casualmente, el fundador de esa marca estudió en la misma universidad que tú, la Real Academia de Bellas Artes. ¿Son tan amigos que comparten sus diseños, señor Calderón? ¿El fundador de la marca está enterado de esta colaboración?

—¡E... eso es mentira! —Esteban saltó de su silla. Tenía la cara roja de furia y las venas del cuello a punto de reventar—. ¡¿De qué maldita marca hablas?! ¡No tengo idea de lo que estás diciendo! ¡E... eso fue solo una coincidencia en la inspiración creativa! ¡En la moda todo el mundo toma referencias de todas partes! ¡¿Con qué derecho me acusas de plagio?!

Mientras más hablaba, más alzaba la voz, intentando que sus gritos ocultaran su nerviosismo.

Esteban no perdió el tiempo.

—¡No basta con tus disculpitas! ¡Vas a tener que pagarle a la empresa el dinero que nos hiciste perder!

—¡Tú...! —Rocío estaba tan furiosa que apenas podía contenerse.

—Tú no vas a renunciar. Siéntate —ordenó Melisa, cortando de tajo la discusión y dándole a Rocío la seguridad que necesitaba.

La profunda serenidad en los ojos de Melisa le demostró a Rocío una madurez que no encajaba con su edad, así que obedeció y volvió a sentarse.

Melisa sacó su teléfono y marcó un número internacional.

Apenas sonó un par de veces antes de que contestaran.

La voz entusiasmada de un hombre retumbó en la línea.

—¡Melisa! ¿Me llamas porque decidiste adelantar tu viaje a Reino Unido?

—No, Danis —respondió Melisa en tono suave, pero sin quitarle los ojos de encima al arrogante Esteban—. ¿Crees que podrías investigar el expediente de un exalumno de tu academia?

—¿Claro que sí! Dame el nombre y pongo a alguien a buscarlo ahorita mismo.

—Es originario de la República de Monteverde, se llama Esteban. Te acabo de mandar por mensaje sus apellidos y unos documentos. Ah, y de paso, ¿podrías avisarle al fundador de Celeste que alguien le robó sus diseños?

Al ver a Melisa hablando por teléfono con tanta seguridad, los presentes en la mesa casi sueltan la carcajada.

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