—¿Y para qué nos invitan a nosotros? —Melisa agarró su bolsa de la silla y caminó hacia la salida.
Leopoldo lo pensó un momento.
—Seguro alguien les fue con el chisme de que, después de tantos años, la fortuna de los Soto está más sólida que nunca. El viejo Vasco le pasó todo el control militar y empresarial a Dani, y el muchacho lo ha manejado de maravilla. Básicamente es el primero en dominar ambos mundos.
—Yo creo que se las han visto negras en el extranjero —dijo Leopoldo entre bromas—. Seguro los papás de Dani regresaron para ver si le bajan algo de dinero. Como sea, son broncas de su familia, a nosotros ni nos va ni nos viene. Solo vamos a cenar de gorra y aprovecho para que te vayas dando a conocer.
Melisa asintió y preguntó:
—¿Van a ir mis hermanos?
—Nada más Orfeo. Tu hermano mayor se fue a la sierra a explorar una mina, y el tercero anda fuera del país con sus mafias y sus laboratorios. Ya ves que siempre andan ocupados.
Melisa se extrañó.
—¿Una mina? ¿Qué tipo de mina necesita que vaya él en persona?
—No tengo idea. Al parecer es una veta nueva. Lleva un buen rato enfocado en todo ese rollo de los microchips tecnológicos.
El rostro de Melisa se tensó un poco.
—¿Una cordillera sin explorar? ¿Llevó a su equipo de expertos?
—Claro, no va a andar jugándole al vivo con su propia vida —la tranquilizó Leopoldo—. Tú no te apures, Melisa. Tu hermano mayor será muy trabajador, pero no es ningún tonto.
Melisa sabía perfectamente que su hermano mayor era el que más trabajaba de toda la familia; hablaba con él más veces por teléfono de las que lo veía en persona, y cargaba con una presión enorme.
Pero nadie sabía mejor que ella los peligros de meterse a una mina virgen. Cuando ella descubrió aquel yacimiento de uranio, terminó envenenada porque los minerales de esa montaña soltaban toxinas radiactivas. Menos mal que traía botiquín y pudo armar un antídoto al momento, porque si no, no la contaba.
Solo de acordarse, a Melisa le dio un tic nervioso en el párpado. En cuanto colgó con su abuelo, intentó marcarle a su hermano mayor, pero la operadora le dijo que el número estaba fuera de servicio.
Si de verdad se había metido a la sierra, a menos que usara un teléfono satelital, ni yendo a bailar a Chalma lo iban a encontrar.
Melisa se tragó la angustia y decidió calmarse. Su hermano era muy listo, seguro iba a estar bien.
***
Esa misma noche.
La casona de la familia Soto estaba iluminada a todo lo que da y atascada de invitados. La luz cálida resaltaba los muebles clásicos y elegantes, pero el ambiente se sentía medio raro.


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