—Ese de al lado es Nicanor, ¿verdad? Cada vez que lo veo, no puedo quitarle los ojos de encima. Es un maestro del piano de talla mundial, su nivel solo está por debajo de X.
—Los genes de los Núñez son una locura.
Salvador escuchó estos comentarios. Con una sonrisa entusiasta en el rostro, guio a su esposa Jéssica Morales, a su hijo Matías Soto y a la acompañante de este para acercarse a toda prisa.
—¡Don Leopoldo! Es un honor por fin conocerlo —dijo Salvador, estrechando su mano con una familiaridad forzada—. Lo veo lleno de energía, ¡los años no pasan por usted! Soy Salvador; ella es mi esposa, Jéssica; mi hijo, Matías; y su novia, la señorita Valverde. Bienvenidos a nuestra casa.
Jéssica también esbozó una sonrisa cordial y elegante, aunque su mirada recorrió rápidamente a Melisa y a Orfeo con un toque analítico.
—Buenas noches, don Leopoldo. ¿Estos son sus nietos? Hacen una pareja excelente, tienen un porte increíble. Da gusto verlos.
Las palabras de Jéssica sonaban amables, pero escondían una formalidad ensayada.
A su lado, Matías se adelantó para estrechar la mano de Orfeo, con un tono suave: —Es un verdadero placer.
La acompañante de Matías también le tendió la mano a Melisa, hablando en un español bastante torpe: —Hola, soy la novia de Matías, Luna.
Melisa le dio la mano: —Hola.
Tras el breve intercambio de saludos, Orfeo fue rodeado por un grupo de herederas de alta sociedad que querían hablar de música y arte, mientras que Leopoldo se encontró con unos viejos amigos y también se lo llevaron a platicar. Leopoldo quiso que Melisa lo acompañara, pero ella negó con la cabeza.
—Tengo un poco de hambre, iré a buscar algo de comer.
Melisa caminó con calma y a solas hasta la mesa de postres. Justo del otro lado, separados por una torre de copas de champán, Salvador le preguntó a Matías:
—¿Y tu hermano mayor? ¿Por qué no ha llegado?
—Seguro se le cruzó algo —respondió Matías.
Luna, a su lado, resopló y dijo en francés con desdén: —¿Qué se le va a cruzar? Simplemente no quiere venir. Desde que llegamos, no ha aparecido en ninguna de las cenas familiares. Qué falta de respeto, parece un fantasma.
Melisa entrecerró los ojos. Rodeó la mesa de postres, se paró frente a ellos y clavó su mirada en Luna:
—¿Qué acabas de decir?
Matías, al ver la situación, tomó a Luna por la cintura de inmediato y explicó con tono suave:
—Luna es francesa, su español no es muy bueno todavía. Solo me sugería que le marcara a mi hermano para preguntarle a qué hora llega.
Melisa alzó una ceja. —¿Ah, sí?
Matías se volvió hacia Luna y le dijo en francés:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA