Renato y el resto de los militares que llevaban años sirviendo bajo el mando de Dani lo miraron estupefactos.
Al menos en todo el tiempo que llevaban en servicio, jamás habían escuchado al coronel poner su vida como garantía para proteger a una sola persona.
¿Acaso no se daba cuenta de lo crucial que era su vida para toda la jurisdicción marítima de la República de Monteverde?
Incluso la expresión de Leopoldo se volvió compleja. Aunque no le agradaba Dani ni el peligro que parecía arrastrar consigo, sabía que no era un hombre de palabras vacías. Realmente estaba dispuesto a dar la vida por su nieta.
En ese instante, su resolución flaqueó un poco.
Orfeo se adelantó y dijo:
—No hay tiempo que perder. Preparen todo, pueden salir de inmediato.
Melisa le aseguró una y otra vez a Leopoldo:
—Abuelo, no te preocupes, voy a estar bien.
Leopoldo finalmente asintió y, al verla marcharse junto a Dani, dejó escapar un largo suspiro, seguido de una duda en voz alta:
—¿Cuántos peligros inimaginables habrá enfrentado en todos esos años que estuvo perdida? Es una muchacha de veinte años y sabe de vetas minerales tóxicas...
***
Ya en la camioneta todoterreno.
Esa misma duda salió de los labios de Dani:
—¿De verdad te has adentrado antes en vetas minerales desconocidas?
Melisa evadió la pregunta.
—Primero tengo que ir a la zona residencial de la base militar. Necesito recoger unas cosas.
Al ver que no quería dar detalles, Dani no insistió y la llevó al complejo militar.
Melisa abrió una puerta oculta en su estudio y sacó un maletín médico que había estado refrigerado. En su interior había frascos y tubos de ensayo repletos de etiquetas.
Eran los antídotos que ella misma había formulado para sobrevivir cuando se intoxicó al descubrir una mina de uranio años atrás. Sin embargo, quedaban pocos, y debían mezclarse según el grado de intoxicación, por lo que tendría que usarlos con mucho cuidado.
Cuando Melisa regresó a la camioneta con el maletín, Dani estaba platicando con Renato. Al verla acercarse, el coronel interrumpió la charla.
—Tenemos que ir primero a la base —le dijo Dani a Melisa con expresión seria—. La veta está en la sección oriental de la cordillera de los Andes. Ahorita, por las tormentas y las heladas, la temperatura ha bajado a menos veinte grados y hay una fuerte tormenta de nieve. Necesitamos conseguir equipo profesional y trajes térmicos para todos, de lo contrario, sería un suicidio.
Melisa guardó el maletín en el vehículo y tomó la tablet que le ofreció Renato para revisar el mapa topográfico y las temperaturas. No pudo evitar fruncir el ceño.
—La situación es peor de lo que pensaba. Es muy probable que la veta contenga minerales raros con elementos radiactivos asociados. La actividad geológica anormal y el clima extremo van a provocar fugas masivas de gases y polvo tóxico. Tenemos que apresurarnos.
—No te preocupes por mí y no bajes la velocidad —lo interrumpió Melisa, mirándolo fijamente—. Puedo soportarlo. No voy a vomitar en la cabina.
Eso le sacó una sonrisa a Dani. Le dio unas palmaditas en la cabeza, pero su expresión no tardó en volverse seria otra vez.
—¿Tu familia significa tanto para ti? ¿Vale la pena correr un riesgo tan grande, a pesar de que no formaron parte de tu vida por tanto tiempo?
La pregunta parecía dirigida tanto a ella como a sí mismo.
Melisa se quedó en silencio por unos segundos.
—La verdad... no lo sé.
Dani se quedó pasmado cuando ella le devolvió la pregunta:
—¿Y tú qué piensas?
—Yo siempre fui el abandonado. Solo mi abuelo se quedó conmigo —respondió él.
—Entonces no fuiste abandonado —replicó Melisa—. A él le importas mucho.
—Le importo porque soy la última esperanza de la familia Soto. —La sonrisa de Dani fue tenue, casi imperceptible—. Melisa, si yo desapareciera, ¿quién podría mantener el prestigio y el enorme imperio de la familia? Soy el sucesor que mi abuelo crio desde niño. Solo un sucesor, ¿entiendes? Si está dispuesto a gastar hasta su última gota de esfuerzo para salvarme, no es por amor, es porque...

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