Dani hizo una breve pausa antes de continuar:
—Es porque soy la obra maestra perfecta en la que invirtió treinta años de su vida y un sinfín de recursos. Soy el único motor central que puede mantener a la familia Soto funcionando en el futuro.
»Lo que él salva no es a mí, sino el futuro de la familia; soy una inversión que no puede fallar, la única llave que mantiene operando todo el sistema.
Su vida no le pertenecía a él, sino a toda la familia Soto. Y, sin embargo, ahora acababa de decir que estaba dispuesto a poner esa misma vida en las manos de Melisa.
Melisa vaciló apenas por un instante. Pudo sentir con claridad la emoción que emanaba del hombre en ese instante; no era tristeza, sino una profunda melancolía por el destino que ya le había sido impuesto.
A simple vista parecía tenerlo todo, pero por dentro arrastraba una carga que pocos habrían soportado.
Melisa no supo qué responder. Nunca había sido buena lidiando con cuestiones emocionales. Tras pensarlo un momento, sacó un caramelo medicinal del bolsillo, lo desenvolvió y se lo ofreció directamente a Dani, que estaba agachado frente a ella.
—Es un sabor que mejoré hace poco. Durazno —le dijo.
Dani soltó una risa suave, y toda la pesadez del momento pareció disiparse. Saboreando el dulce en su lengua, se puso de pie y se dirigió a la cabina del piloto.
—Está muy dulce.
***
El trayecto desde Santa María hasta la sección oriental de los Andes les tomó casi ocho horas, incluyendo una parada para recargar combustible, antes de llegar a las faldas de la cordillera.
Un grupo de soldados que ya estaba en la zona había recibido el aviso y había levantado un campamento para esperarlos.
En cuanto entraron al espacio aéreo de la cordillera, el helicóptero comenzó a sacudirse violentamente por las turbulencias, obligando a Dani a reducir la velocidad.
Las sacudidas terminaron mareando un poco a Melisa. A pesar de que la cabina tenía calefacción, el aire helado que se colaba por las rendijas la hacía sentir fatal.
Cuando el helicóptero finalmente aterrizó en el campamento, los soldados ya los esperaban con mantas térmicas en la puerta. Al abrirse la escotilla, El aire helado los golpeó con tanta fuerza que Melisa sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
Apenas sintió el golpe de frío, alguien la envolvió de pies a cabeza con una manta. Dani la bajó de la aeronave y la guio a paso rápido hacia una de las tiendas.
Adentro, un calefactor trabajaba a marchas forzadas y sobre un catre había un abrigo térmico grueso. Dani le tocó la mejilla pálida a Melisa.
—Ese último tramo fue rudo, las corrientes de aire estaban muy inestables.
—Estoy bien —negó ella con la cabeza—. Traje medicina, se me pasará en un rato.
—Cámbiate de ropa, regreso en un momento.
Para cuando Melisa terminó de ponerse el equipo térmico, el hombre entró con un termo y una bufanda verde oscuro. El termo contenía té caliente que acababa de preparar. Sirvió un poco y se lo ofreció.

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