Melisa estaba de pie en pits, con el agua escurriéndole por el visor. Vicente checó el clima en tiempo real.
—Arriba ya está empezando a despejar.
—No cantes victoria —dijo Melisa—. Cuando pasé en helicóptero, se estaba formando una nube negra enorme. Yo digo que más al rato va a caer granizo.
Vicente sonrió con malicia.
—La chavita de su equipo ni de chiste ha corrido con una pista así. Y si, como dices, ella va al último relevo… ya valieron.
En los primeros relevos, el equipo de Vicente y el de Lucas iban pegadísimos, con diferencia de apenas décimas.
Pero eso era justo lo que Melisa había provocado: estaba alargando lo más posible el momento de su último relevo para que coincidiera con el de Verónica y enfrentarse directo, para que vieran la diferencia.
Cuando el quinto relevo llegó a la cima, el cielo —que parecía que iba a despejar— cambió de golpe. En pista solo quedaban doce coches.
La llovizna se convirtió en granizo. Bolitas del tamaño de una uña golpeaban la carrocería con un sonido que te erizaba la piel.
—¡Jefa, no se ve a más de diez metros! —la voz del quinto piloto, Ulises, temblaba en el radio—. ¡La distancia de frenado se triplicó!
Melisa miró los datos, fría.
—Mantén el acelerador parejo. Confía en tu mano. Y acuérdate: doscientos metros antes de la curva siete, empieza a frenar.
—¿Cómo está… cómo está arriba? ¿Ya despejó?
Lucas suspiró.
—No. Está peor. Está granizando y no se ve nada. Ya no hay manera de cambiar el orden a estas alturas. Así que maneja con cuidado… y, sobre todo, no dejes que Melisa te rebase, ¿entendiste? Ahorita es nuestra única rival.
Verónica asintió fuerte. Por fuera se veía tranquila, pero las manos le temblaban sobre el volante.
¿Por qué demonios Melisa también iba en el último relevo? Si perdía… y encima perdía contra ella… ¿qué iba a pensar Lucas de ella? ¿Qué iban a pensar los demás del equipo, y sus fans? ¡¿Qué iban a decir…?!

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