—Sí —respondió el informante.
La patrulla subió la montaña. El cielo se oscureció por completo y, justo antes de llegar a la cima, se desató un aguacero. La lluvia golpeaba los cristales con tanta fuerza que apenas se veía el camino, pero lograron llegar a salvo.
Melisa revisó su celular. —Ya no hay señal.
—Esta fue una de las últimas zonas incluidas en los programas de apoyo del gobierno —explicó David—. Apenas el mes pasado empezaron a instalar la antena, así que es normal que no haya red. Pero no se apure, aquí en el cerro solo viven unas dos o tres familias. Todos se dedican a la siembra, salen temprano y regresan tarde, no hay mucho en qué entretenerse.
Con el aguacero, la entrada de la casa se había convertido en un lodazal. El olor a tierra mojada se mezclaba con el hedor del excremento de los animales; era insoportable.
Dani sostuvo el paraguas sobre Melisa y la cubrió con el brazo mientras entraban al patio.
Un grito desgarrador, aunque ahogado, provino de la casa de al lado. Melisa giró la cabeza con disimulo y alcanzó a ver a una mujer aplastada contra la ventana; a través del vidrio empañado por la lluvia, se notaba un rostro lleno de absoluta desesperación.
Melisa apartó la mirada y entró a la casa fingiendo que no había visto nada.
—¡Órale! ¿Qué lo trae por aquí, oficial Córdova? —preguntó Hilario, sorprendido de ver a Melisa—. Y viene con la señorita Núñez.
—No se quedó muy tranquila con el tema de tu mujer —explicó David—, así que vino a checar en persona para asegurarse de que no la estés maltratando.
—¡Yo no le he hecho nada! —Hilario volteó y llamó a su mujer a gritos—. ¡Ven para acá y explícale a los policías cómo te hiciste esos raspones en el brazo y en la boca!
La mujer esquivó la mirada y se justificó: —Me caí por accidente mientras trabajaba en la milpa. Mi marido no me hizo nada, de verdad. No tenían por qué molestarse en venir hasta acá por algo así.

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