Yaret preguntó con angustia:
—¿Tienen alguna forma de sacarnos de aquí? No hay señal en la montaña, no podemos pedir ayuda. Además, hicimos demasiado ruido. En cuanto salga el sol y el clima mejore, la gente del municipio va a despejar el camino y subirán. Son demasiados, no podremos escapar.
—Mi celular tiene conexión satelital —explicó Dani—. Ya me comuniqué con mi equipo. En cuanto el cielo se despeje, mandarán un helicóptero. Dejaré a un grupo encargado de excavar en el Bosque de las Mujeres.
Yaret soltó un suspiro de alivio, dándose cuenta de que aquel guardia de seguridad de apariencia sencilla era mucho más de lo que aparentaba.
—No, todavía no vamos a excavar —indicó Melisa—. No es el momento. Quiero darle el golpe de gracia a Camila frente a todos.
Con la tormenta cayendo a cántaros y sin luz ni agua, Dani quería que Melisa se diera un baño caliente para evitar que se enfermara, pero no había mucho que pudiera hacer en ese momento. Se dirigió a Yaret:
—¿Tienes agua caliente? Mi novia no puede quedarse con la ropa mojada, tiene las defensas bajas y se va a resfriar.
Yaret asintió rápidamente.
—Sí, claro que sí.
Le buscó ropa limpia a Melisa y la miró con cierta envidia.
—Tu novio te trata súper bien. Me queda un poco de agua caliente en el termo, pueden usarla para limpiarse un poco. Puedes ponerte mi ropa, y para tu cabello puedo prender una fogata para que te lo seques.
Melisa se aseó rápidamente y se puso los jeans y la sudadera de Yaret. Se sentó frente a una pequeña fogata con el cabello empapado. Dani tomó una toalla seca de las manos de Yaret, le dio las gracias y empezó a secarle el cabello a Melisa con movimientos suaves y expertos.
Yaret los dejó a solas. Tras agarrar el botiquín y curarse con destreza las heridas del cuerpo y la cara, tomó un rodillo de amasar y salió de la habitación.
—Tengo un asunto que resolver, descansen —dijo antes de salir.
Al poco tiempo, desde afuera comenzaron a escucharse los golpes y gritos de rabia de Yaret. Durante más de un año, había soportado las golpizas diarias de esa maldita anciana, las violaciones de su hijo a cualquier hora del día y de la noche, y el trabajo interminable en el campo. A la menor queja, la molían a golpes hasta dejarla llena de moretones.
Ella había sido la niña más querida de sus padres, una joven amada y protegida, pero esos monstruos le habían destrozado la vida entera.
¡El odio le carcomía las entrañas!
Ahora que tenía en sus manos el mismo rodillo con el que tantas veces la habían castigado, Yaret no pudo contener más la rabia acumulada. Empezó a golpear a la anciana una y otra vez, gritando con todas sus fuerzas:
—¡Para que me vuelvas a pegar! ¡Toma! ¡Vieja maldita!
Los dos helicópteros despegaron y dejaron atrás La Esperanza. Esa misma tarde, Yago subió la montaña junto con un equipo de bomberos locales, limpiando los escombros del camino hasta llegar a la casa de Hilario.
El patio era un desastre. Había marcas de pelea y sangre en el suelo, pero no había ni un alma. Hasta los vecinos habían desaparecido sin dejar rastro.
Yago se quedó pasmado, al igual que los funcionarios que lo acompañaban.
—¿Y la gente? El camino estaba bloqueado por el deslave, ¿cómo carajos se fueron?
Alguien con más experiencia revisó las marcas en el lodo y sentenció:
—¡Helicópteros! ¡Aterrizaron helicópteros aquí!
—¡Eso es imposible! —exclamó un funcionario—. No hay señal en la cima, ¿cómo le hizo esa heredera para pedir rescate?
—Seguro usó un teléfono satelital —dijo Yago con el rostro desencajado—. Nos vio la cara a todos. No es ninguna niña rica y estúpida. Seguro ya descubrió la verdad sobre su origen.
—¿Ah? ¿Qué? ¿Qué tiene que ver su origen con nosotros? —preguntó uno, confundido—. Lo que me preocupa es por qué se llevó a Hilario. Aunque descubriera que la esposa de Hilario fue secuestrada, ¿hacía falta armar tanto teatro? ¿Y por qué se llevaron hasta a los vecinos?

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