Camila también soltó un suspiro dramático:
—Ay, es que esa fábrica ya tenía un acuerdo con Comercial Novierra. Yo se lo dije: «Melisa, si quieres volver a usar las telas de Fábrica de Textiles El Carmen, nomás dime y hacemos un contrato nuevo». ¡Qué necesidad tenías de irte a meter a esos pueblitos, nomás para buscarte problemas!
Dejó la frase al aire, fingiendo ser la tía preocupada y decepcionada por la rebeldía de Melisa.
Gaspar intervino:
—Pase lo que pase, confío en la integridad de mi sobrina. Seguro es un malentendido.
—Es normal que ustedes la defiendan porque son familia, pero yo, como alcalde de La Esperanza, tengo el deber de proteger a mi gente —dijo Yago con tono justiciero—. Si la señorita no debe nada, que nos acompañe a la delegación para aclarar todo. Así demostrará su inocencia, ¿no creen?
Todo este teatrito estaba diseñado para confirmar que Melisa era una secuestradora dispuesta a todo por unas telas. Si ella se subía a esa patrulla esta noche, no importaba si luego demostraba su inocencia; todos pensarían que los Núñez simplemente pagaron para tapar el problema.
Entre los murmullos, mucha gente empezó a compadecerse de la familia de Gaspar, pensando que por ser tan buenos, cualquiera les veía la cara.
Sin embargo, Melisa ni se inmutó. Tranquilizó a sus hermanos y a su abuelo, soltó una pequeña risa y levantó una ceja. No era la reacción de alguien acorralado, sino la seguridad de quien sabía perfectamente cómo iba a acabar todo.
Volvió a levantar el micrófono y su voz clara resonó en todo el salón:
—Tía Camila, prima Claudia y oficiales... creo que tienen un par de cosas cruzadas.
Los miró con frialdad y continuó con firmeza:
—Primero, a mi marca, Comercial Novierra, no le faltan telas de primera. No me rebajaría a usar tácticas tan corrientes como un secuestro para conseguir un material tan común y corriente.
Luego, clavó sus ojos en Camila y Claudia, con una pequeña sonrisa cargada de filo.
—Y segundo, ¡mi viaje a La Esperanza no tuvo absolutamente nada que ver con unas telas!
Todos se quedaron de piedra. Hasta Camila frunció el ceño, sintiendo que algo andaba mal. Pensó que la joven parecía saber desde el principio lo que iba a pasar.
Por suerte, una de las invitadas de Camila alzó la voz:
Por su parte, Yago sintió un hueco en el estómago y empezó a sudar frío.
¡Se dio cuenta de que había caído en una trampa!
¡Las palabras de Melisa llevaban dedicatoria!
El oficial de Santa María frunció el ceño.
—Pero nosotros no hemos recibido ningún oficio militar, señorita. ¿Se hace responsable de lo que está diciendo? ¿Tiene algún documento que lo pruebe?
—Sí lo tiene.
Una voz masculina, profunda e imponente, retumbó desde la entrada del salón, robándose la atención de todos.
La multitud se hizo a un lado automáticamente, abriendo paso.

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