Dani lo miró con verdadero agradecimiento.
Sujetó con firmeza la mano de Melisa y posó la otra caballerosamente en su cintura. La música lenta sonaba de fondo mientras la guiaba hacia el centro de la pista.
A diferencia de la naturalidad que sentía con sus hermanos, bailar en brazos de Dani era distinto: transmitía una fuerza contenida y, al mismo tiempo, una ternura inesperada.
Sus movimientos eran precisos y seguros. Esa disciplina militar le daba una presencia firme y segura incluso al bailar.
Por la diferencia de estaturas, Melisa solo tenía que levantar un poco la vista para cruzarse con los ojos de él.
Notó que a veces él se equivocaba un poco con los pasos, pero siempre reaccionaba a tiempo, levantándola para darle una vuelta y evitar pisarla.
Melisa se dejaba llevar. La falda de su vestido ondeaba preciosa, y los zafiros de El Corazón del Océano destellaban con luces azules al ritmo de la música.
Se recargó un poco en su pecho cuando la melodía bajó el ritmo.
—Estuviste practicando —dijo ella.
—¿A qué te refieres? —respondió Dani.
—Al baile. Esta canción no es lo tuyo, se nota que la ensayaste.
Él bajó la voz:
—Pues sí. Practiqué para invitarte a bailar y asegurarme de que ningún otro mocoso se me adelantara.
Melisa dio un vistazo rápido al salón y lo miró a los ojos.
—Quitando a mis hermanos, nadie de aquí te llega a los talones.
Dani soltó una risita, aceptando el cumplido con gusto.
—Tienes toda la razón.

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