Un destello de decepción cruzó por los ojos de Claudia, pero mantuvo la compostura. —No hay problema, ya habrá tiempo para conocernos y ser amigos.
Julio tomó los cubiertos y dijo, todo feliz: —¡A comer, a comer!
Durante la cena, la señora Celeste, madre de Isabel, le preguntó a Claudia: —Claudia, tu diseño es espectacular. Que te hayan dado el show de apertura nos ha ayudado muchísimo. ¿Nos podrías platicar cómo se te ocurrió la idea?
Claudia ya traía el discurso de memoria, y su versión encajaba bastante bien con lo que los Mena querían escuchar: —Todo fue gracias a mi madre. De tanto verla trabajar, fui agarrándole cariño al diseño y a la pintura, aunque no soy experta. Pero cuando me fui de vacaciones y vi lo hermoso que estaba el paisaje en primavera, quise capturar ese momento a mi manera y plasmarlo en la ropa. Jamás imaginé que recibiría tantos halagos.
—¿Y no has pensado en sacar otras colecciones? —preguntó Celeste—. Al ver tus bocetos, sentí que sería perfecto para una edición limitada basada en las estaciones del año. Nuestras joyas podrían adaptarse a cada temporada, sería una colaboración donde todos ganaríamos.
Sin inmutarse, Claudia respondió con voz suave: —Esta pieza me salió casi por accidente. Sí tengo algo de inspiración para el resto de las estaciones, pero no me daría tiempo para la competencia en El Torneo Central, así que por ahora solo presenté esta.
Celeste asintió, comprensiva, y sonrió con dulzura. —Quién iba a decir que los parientes de la familia Núñez tendrían a alguien tan brillante. Una señorita tan dulce como tú sería la pareja ideal para nuestro Benedicto. Tienen que conocerse algún día.
Claudia sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría, pero se hizo la reservada. —Por supuesto.
Al pobre Julio no le hizo nada de gracia el comentario. Se le notaba el coraje a kilómetros, al punto que Isabel tuvo que disimular: —Se te va a enfriar tu sopa de costilla.
—De repente se me fue el hambre —masculló Julio.
Isabel no supo qué responderle.
Terminando la cena, ya era hora de que Claudia se despidiera. Julio salió con ella, claramente consumido por los celos. —¿Qué? ¿Muy triste porque no viste a Benedicto? Te aseguro que ese güey no es ni la mitad de guapo y fuerte que yo.
—¡Ay, no manches, no digas tonterías! —le reclamó Claudia—. Solo tenía curiosidad. Digo, el muchacho jamás se ha dejado ver en los eventos de la alta sociedad, es normal que me dé intriga.
—Pues ni te intrigues. Solo acuérdate de que está zafado y no te llega ni a los talones, con eso tienes.
Unos sirvientes que pasaban por ahí los fulminaron con la mirada, frunciendo el ceño.
—Ya cállate —le siseó Claudia, tapándole la boca con la mano de inmediato—. Dices cada tontería; qué falta de respeto.
Julio olió el perfume en las manos de Claudia y se puso rojo como tomate.
—Si de plano no mejora, iré yo misma a buscar a Melisa —la interrumpió Celeste tajantemente—. Esa niña tendrá muy mala fama, pero es innegable que es una excelente doctora. Si Comercial Novierra hace el ridículo en la pasarela, encárgate de que Camila cierre el pico para no hacerle más mala prensa a Melisa.
Isabel apretó los dientes, incapaz de contenerse más. —¿Por qué nuestra familia no puede tener a una mujer como heredera? ¡Benedicto es un inútil! ¡No se vale, mamá! ¿Toda mi vida me voy a tener que aguantar estas injusticias?
Ante los reclamos de su hija, la señora Mena se mostró completamente helada. —Tarde o temprano, tu destino es casarte para formar alianzas. Tu deber no es dirigir a la familia, sino ser el pilar para que Benedicto la haga crecer.
—¡Pero si yo soy mil veces mejor que él! —exigió Isabel, bajando la voz—. Yo fui la que consiguió esta colaboración con Elegancia. Yo estoy llevando a la familia al mercado internacional, algo que no logramos en años. ¿Eso no es prueba suficiente de lo que valgo?
La señora Mena iba a contestarle, pero la voz de su esposo, que venía subiendo las escaleras, la interrumpió. —Es bueno que te tengas confianza, pero a mí solo me importan los resultados. Si las cosas salen como dices, Isabel, y logramos meternos al mercado internacional de la mano de Elegancia, entonces sí, pensaré seriamente en dejarte el puesto de heredera.
La señora Mena volteó de golpe a ver a su esposo. —¿Qué estás diciendo?
Benjamín Mena levantó una mano, pidiéndole calma a su esposa, y luego clavó una mirada pesada en Isabel. —El heredero que busco no puede permitirse ni un solo error en las decisiones críticas. Tómalo como tu prueba de fuego.
Isabel apretó los puños. —Benedicto siempre será mi hermano. Me encargaré de que no le falte nada el resto de su vida y moveré cielo y tierra para curarlo.

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