Dani se quedó inmóvil, soportando en silencio el dolor del anciano.
—¡Mi papá está muerto! ¡Devuélvame a mi papá! —lloraba a gritos un niño mayorcito.
—¡Todos vimos su barco! ¡¿Por qué dieron media vuelta y se fueron?! ¡¿Por qué?! —bramó un hombre corpulento, probablemente el hermano del primer oficial, con los ojos inyectados en sangre.
Dani no se justificó ni intentó evadir la culpa. Su voz sonaba muy ronca por el cansancio y el daño de las toxinas.
—No pude traer de vuelta a sus seres queridos. Es mi responsabilidad y la asumo por completo.
Su franca confesión hizo que los enfurecidos familiares guardaran silencio por un instante.
Pero enseguida, estalló una ola de reclamos aún más fuerte.
—¡¿De qué sirve que pida perdón?! ¡¿Eso le va a devolver la vida a mi hijo?!
—¡Usted tiene que responder por esto! ¡Es el culpable!
En ese momento, el hombre corpulento de entre la multitud gritó a todo pulmón:
—¡Fueron esos cabrones de Las Palmeras los que mataron a nuestra gente! ¡Coronel Soto, tiene que vengarnos! ¡Hay que ir a la guerra! ¡Tienen que pagar con sangre!
Sus palabras encendieron los ánimos y los deudos comenzaron a apoyarlo, dejándose llevar por la euforia del dolor.
—¡Sí! ¡A la guerra!
—¡Guerra! ¡Queremos justicia!
—¡La marina está para protegernos, no para echarse para atrás!
Los gritos resonaban cada vez con más fuerza.
Dani se mantuvo en silencio. Melisa, que estaba a poca distancia, clavó la mirada en el hombre que había incitado a los demás. Sacó su celular y, sin llamar la atención, le tomó una foto.
Acto seguido, dio media vuelta y se dirigió al puerto.
Cuando había ido a buscar a Dani antes, el barco seguía medio hundido y, por el clima nublado, no había podido distinguir bien los detalles. Ahora que lo veía con claridad, sentía que había algo raro en esa embarcación.
Los restos del Victoria ya habían sido remolcados a tierra firme. Una decena de agentes rodeaba la nave, tomando fotos y haciendo peritajes.
Melisa intentó acercarse, pero dos soldados le cerraron el paso con tono autoritario.

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