Su intención al organizar la salida con los de Comercial Novierra era tener una coartada perfecta, para poder investigar sin levantar sospechas ni alertar a nadie indebido.
El problema era que este bar con música en vivo estaba de moda y había muchísimos jóvenes echando desmadre.
Por otro lado, Claudia, después de que su madre la dejara a su suerte, tenía la reputación por los suelos. Su sueño de casarse con un millonario de la alta sociedad se había esfumado.
Así que le valió madres y se la pasaba de bar en bar, ahogándose en alcohol.
Cuando Julio Almeida se enteró de cómo andaba, sintió mucha lástima por ella y la invitó a tomar un trago.
Claudia seguía sin soportarlo; le parecía un chamaco inmaduro sin pizca de atractivo, pero al enterarse de que también iría uno de los señores Leite, se aferró a esa pequeña esperanza y aceptó ir.
Se arregló con mucho esmero, pero apenas puso un pie dentro del bar, chocó con un joven que llevaba dos vasos de bebida.
En medio de la oscuridad del lugar, el contenido de uno de los vasos le cayó encima. Claudia, que de por sí traía el coraje atorado, le gritó furiosa:
—¡Fíjate por dónde caminas! ¡¿Estás ciego o qué, pendejo?!
Benedicto Mena recuperó el equilibrio y, mirándose las manos manchadas de licor, le contestó sin inmutarse:
—Tú fuiste la que me chocó.
Esa respuesta tan tranquila la hizo encabronarse más. Sintió que le estaban faltando al respeto, sobre todo porque la gente alrededor empezaba a voltear a verlos. El alcohol y todo el estrés acumulado le hicieron perder la cabeza.
—¡¿Yo te choqué?! ¡¿Quién te crees que eres para pensar que siquiera me fijaría en ti?! —chilló Claudia, y levantó la mano para tirarle el otro vaso que seguía intacto.
Benedicto tuvo muy buenos reflejos y se hizo a un lado; solo se derramaron unas cuantas gotas.
Que la hubiera esquivado la enfureció todavía más.
—¡¿Todavía te atreves a moverte?! ¡Tú también me menosprecias, ¿verdad?! —completamente histérica, levantó la mano para soltarle una cachetada.
Se escucharon un par de exclamaciones ahogadas entre los presentes.
Sin embargo, aquella mano, que iba a toda velocidad, fue detenida a escasos centímetros de la cara de Benedicto por un agarre delgado pero sumamente firme.
Claudia se quedó pasmada; giró la cabeza llena de rabia y se topó con una mirada fría y penetrante.
Melisa había aparecido junto a ellos sin que nadie lo notara. Le apretó la muñeca con tanta fuerza que era imposible zafarse. Habló en voz baja, pero con una autoridad intimidante:
—Estás en un lugar público, bájale a tu relajo.
Al darse cuenta de que era Melisa, a Claudia le hirvió la sangre al recordar todos los resentimientos pasados. Se le enrojecieron los ojos, pero no lograba soltarse.
—¡¿Melisa?! ¡Otra vez tú! ¡Suéltame! ¿Qué, ahora también vas a defender a este idiota que no se fija por dónde camina? ¡¿Quién diablos te crees que eres?!
Melisa la soltó con un empujón; Claudia trastabilló y chocó contra una mesa. Al sentirse tan humillada, se soltó llorando.
Julio, que llevaba un buen rato esperando en la zona de mesas, escuchó el escándalo en la entrada y se acercó a ver.

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