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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 557

Melisa sabía que él siempre traía escoltas encubiertos, así que aceptó: —Qué bueno, porque hoy me tomé unos tragos. Me voy contigo.

Se subió a la camioneta con Dani.

Como era de esperarse, Renato iba al volante. Se volteó a verla con una sonrisa de disculpa. —Buenas noches, doctora.

Era evidente que se sentía culpable por haberla delatado con su jefe.

Melisa le aventó un dulce de menta. —Concéntrate en manejar.

Renato entendió que ella no estaba molesta y siguió conduciendo cuesta abajo con una sonrisa.

Dani miró a los matones por el espejo y preguntó con voz grave: —Fue Julio el que te mandó a esos tipos, ¿lo vas a dejar pasar?

—Quería darme una lección por culpa de Claudia —respondió ella—, pero la idea de que abusaran de mí fue de Claudia, ella les ofreció más dinero de última hora.

Al escuchar la palabra abuso, la expresión de Dani se volvió sombría. Le apretó la mano y el ambiente dentro de la camioneta se volvió muy tenso. —Melisa, no puedes tener piedad con tus enemigos.

—Claro que no —lo miró Melisa—. Pero Julio es hijo de Dante, y sé que tú lo estimas. Ya está grande y es su único hijo. Por respeto a su papá y a ti, me encargaré de que enderece su camino.

Dani sabía que ella siempre tenía un plan, así que solo le dijo: —Lo que decidas hacer, te apoyo.

Melisa sonrió levemente. —Vamos a jugarles una bromita.

La camioneta se estacionó frente a una clínica psiquiátrica privada.

Ahí, Melisa se encontró con Catalina, quien seguía perdida en su mundo. Al ver a Melisa, sus ojos vacíos se iluminaron de repente. —¡Mi niña!

Catalina la abrazó con fuerza y Melisa pudo sentir cómo temblaba.

Era evidente que Catalina sentía un apego exagerado hacia ella.

Melisa le acarició la espalda con suavidad y le habló en voz baja. —Tranquila, ya estoy aquí.

Catalina se aferró a la blusa de Melisa como si por fin se sintiera a salvo y se escondió detrás de ella. Miró con desconfianza y miedo a las demás personas en la habitación, incluyendo a Icaro, un hipnoterapeuta de semblante tranquilo que acababa de ponerse de pie.

Icaro tenía unos cuarenta años. Vestía un suéter beige a la medida y usaba unos lentes de armazón dorado. Parecía más bien un profesor universitario.

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