Después de tantos años, Julio solo tenía ojos para Claudia. Todavía era virgen, y con ese beso, todo su mal humor se esfumó.
Cuando Sebastián regresó tras cambiarse de ropa, mantuvo su distancia con Claudia. Muchas chicas se le acercaban para coquetear, y él les seguía el juego a todas, platicando y riendo como si nada.
Desde la terraza del salón de eventos, Claudia observaba todo. Por dentro se la llevaba el diablo, pero no podía demostrarlo, así que se tragó el coraje y siguió mimando a Julio, que estaba a su lado.
De pronto, un mesero llamó su atención. Estaba junto a la ventana de la cocina, justo frente a la terraza, vaciando dos sobres con un polvo misterioso en unas copas.
«¿Qué diablos está haciendo?», pensó.
Pero no tardó en descubrirlo.
Por otro lado, Lucía, enfundada en un vestido rojo, caminó hacia Dani con dos copas en las manos. Quienes estaban hablando con él entendieron el momento y se apartaron.
—Lo de anoche fue mi culpa —se disculpó Lucía, ofreciéndole una copa—. No debí decir todo eso. La verdad es que siempre he sido yo la que se hace ilusiones sola. ¿Me perdonas?
Dani, por supuesto, no tenía ganas de hacerle un berrinche.
—No hay nada que perdonar. Haré de cuenta que nunca escuché lo de anoche.
—¿Entonces te tomarías una copa conmigo? —Lucía bajó un poco la mirada, forzando una sonrisa—. Como símbolo de paz, ¿me haces ese honor, señor Soto?
Dani era un hombre desconfiado, y tanto Lucía como Matías lo sabían perfectamente. Por eso, cuando él rechazó la copa, no los tomó por sorpresa.
Justo en ese momento, un mesero salió de la cocina con una charola, haciéndose el desentendido mientras ofrecía bebidas a los invitados. Cuando estuvo cerca de Dani, Matías apareció de la nada. Justo en sus narices, tomó una copa cualquiera de la charola, se la puso a Dani en la mano y lo sacó del apuro:
—A mi hermano ya no le gusta la champaña. El vino tinto de hoy está muy bueno, mejor tómate este.
Matías le pasó un brazo por los hombros y le guiñó un ojo.
—Hazle el feo a todo menos a una mujer hermosa, hermano.
Todo parecía de lo más normal. Dani chocó su copa con la de Lucía y le dio un trago al vino.
Mientras él inclinaba la cabeza para beber, Lucía sintió que le volvía el alma al cuerpo. Ahora solo quedaba esperar a que la droga hiciera su magia.
En cuanto Dani soltó un «con permiso» y se alejó, Lucía se quedó clavada en su lugar y murmuró:
—Con tantas copas en esa charola, ¿cómo estás tan seguro de que esa tenía la droga?
Matías soltó una risita.
—Había dos copas arregladas, ambas del lado del pecho del mesero. La gente agarró las de enfrente primero. Al llegar con Dani, el joven giró la charola para que las copas listas quedaran de mi lado, así yo las tomaba sin problemas.
—¿En cuánto tiempo hace efecto? —preguntó ella.
—Depende del organismo de cada quien. Ya puedes irte al cuarto a prepararte.
Siguiendo las instrucciones de Matías, Lucía llegó a la habitación. Luna había dejado sobre la cama un conjunto de ropa completamente nuevo. Era de un estilo muy sobrio y recatado, nada que ver con sus gustos.
—¿Quieres que me ponga esto?
Luna sonrió y señaló un estuche de maquillaje sobre la mesa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA