El mensaje era claro: Claudia no la iba a ayudar, y menos por una actriz famosa, si eso significaba meterse con su hermano.
Colgaron. Paula apretó la mano, clavándose las uñas en la palma, llena de coraje e impotencia.
No quiso irse. Se sentó en el sillón frente a la oficina del director. No pasó mucho cuando vio a varias recepcionistas llegar con charolas de postres finos, de esos que se ven carísimos.
—¿Eso es para mí? —A Paula se le iluminaron los ojos.
—No, es para la señorita —respondió una de ellas, sonriendo—. Nicanor pensó que usted venía de prisa y quizá no había comido, así que pidió que preparáramos esto.
—¿La señorita? —Paula se quedó pasmada. Su cabeza empezó a atar cabos y por fin recordó algo que Claudia le había contado quejándose: la única heredera biológica de los Núñez, la que se había perdido, ya había aparecido y había regresado a la Casa de la Fuente Dorada.
¿Era esa chica que acababa de ver?
Paula vio cómo metían los postres a la oficina y se le hizo bolas la cabeza.
Un rato después, Melisa salió. Paula se levantó de golpe y le cerró el paso. Con una sonrisa incómoda, dijo:
—Perdón, señorita Núñez… hace rato no la reconocí.
Melisa sí la ubicaba: Paula, la actriz del momento. Según se decía, había sido la protagonista de una película del director Londo. Y justo daba la casualidad de que Claudia estaba haciendo la música para esa película, que todavía estaba en preparación.
Melisa lo pensó un segundo y le extendió la mano.
—Soy Melisa.
Paula se apresuró a estrechársela, se presentó y preguntó con cautela:
—¿Tu tercer hermano… ahorita sí tiene tiempo?
—Tiene junta en diez minutos. Tienes diez minutos para hablar con él —respondió Melisa.
—¿Qué? ¿Sí aceptó? —Paula parpadeó—. ¿De verdad me va a ver?
Melisa levantó apenas la comisura.
—Se lo comenté. Le dije que había una señora esperando desde hace rato y que estaría bien que la recibiera.
Paula se emocionó de inmediato.
—Oye, pásame tu contacto. Si quieres boletos para conciertos, premieres, lo que sea, tú dime y yo te consigo entradas.
—Va —dijo Melisa, y le dio su contacto. Luego se fue.
Paula no podía creerlo. Claudia no lo había logrado, pero Melisa sí. Eso decía mucho del peso que tenía esa “señorita recién llegada” dentro de los Núñez.
Dentro de la oficina, Melisa primero le preguntó a Nicanor si podía sumarse a un proyecto de regeneración de órganos y trasplantes compatibles con el sistema inmune. Nicanor creyó que solo quería ir a curiosear, así que aceptó: cuando se formara el equipo y entrara el dinero de la primera etapa, la dejaría ir a ver el laboratorio.
Después Melisa mencionó a la mujer que estaba afuera. A Nicanor se le notó el fastidio al instante.
—Sí, y esa ropa… ¿qué marcas son esas? Está horrible.
—Seguro cuando vivía con los Serrano nadie le enseñó a arreglarse. No trae nivel.
Claudia se apresuró a defenderla:
—Ya, no digan eso. Mi prima solo es más relajada, no le da importancia a la ropa. Y es muy buena persona.
Las otras solo sonrieron, con una mirada de desprecio que ni se molestaron en esconder.
Melisa se acercó.
—Yo pensé que íbamos a venir tú y yo.
—Perdón, prima —dijo Claudia, tomándola del brazo con delicadeza—. Es que todas querían conocerte. Supieron que regresaste y se quisieron sumar. No te molestes, ¿sí? No lo hacen con mala intención… hasta te pueden ayudar a escoger ropa bonita.
Melisa no sintió ni tantita buena intención: más bien se veía que querían verla tropezar. Aun así, no la exhibió ahí. Solo asintió.
—Está bien.
—Entonces, ¿qué esperamos? —dijo una de las chicas—. Vamos a escogerle a la señorita Núñez el vestido para la gala benéfica.
Se miraron entre ellas, con los ojos llenos de cálculo.

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