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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 926

La voz era inconfundible. Teresa abrió los ojos de golpe y giró la cabeza hacia la ventanilla.

El rostro del hombre se veía borroso en medio de la oscuridad, pero esa mirada profunda y magnética, con ese tono familiar que ella conocía tan bien, hizo que la expresión de Teresa cambiara al instante.

—Nicanor... —susurró con los ojos muy abiertos, mirándolo fijamente sin poder creerlo.

Al ver que estaba consciente, Nicanor soltó un suspiro de alivio. —No tengas miedo.

Como si fuera el hombre araña, maniobró con el equipo de sujeción, rodeando la carrocería para anclar el auto. Desde el asiento trasero, Ximena veía cómo las piedras caían sin cesar a su alrededor. Se tapó la boca y no pudo evitar decir: —¡Esto es demasiado peligroso! ¿Por qué el señor Núñez bajó él solo? ¿Dónde están los demás rescatistas?

Teresa apretó las manos, sin apartar la mirada de él. —Porque es demasiado peligroso y los rescatistas no se atrevieron a bajar, pero él sí.

Por ella, él había bajado sin importarle arriesgar su propia vida.

En ese momento, los de arriba le seguían gritando que regresara, diciéndole que la cuerda no era lo suficientemente larga para rodear el auto, que una sola persona no podría asegurarlo y que, si se tardaba más, él mismo caería al vacío.

Sin embargo, Nicanor se dio la vuelta y comenzó a desatar su propia cuerda. Se quitó la línea de vida, la lanzó con todas sus fuerzas hacia el vehículo una y otra vez, hasta que por fin logró engancharla en una parte de la carrocería.

Enrolló el otro extremo de la cuerda alrededor del grueso pino que estaba en la pendiente, dándole vuelta tras vuelta. Usando sus largas piernas contra la pared de roca, con las venas marcadas por el esfuerzo y bajo el embate brutal de la lluvia y el viento, cada uno de sus movimientos reflejaba una terquedad casi enloquecida.

El balanceo del auto disminuyó un poco.

Teresa, por su parte, sentía que él había perdido la cabeza. Gritó desde la ventanilla: —¡Estás loco! ¡No te quites la cuerda de seguridad! ¡Nicanor! ¿Me escuchas?

Al quedarse sin su línea de vida, si daba un paso en falso, no habría forma de salvarlo.

Pero a él no le importaba en absoluto. Con un riesgo extremo, logró asegurar el auto. Arriba, los rescatistas, sin más opciones, lanzaron otra cuerda, rezando para que Nicanor pudiera alcanzarla.

Afortunadamente, sus reflejos eran impresionantes. Con un ágil salto, atrapó la cuerda de seguridad y abrochó el mosquetón. A mano limpia, arrancó el cristal astillado del techo panorámico, ignorando por completo los fragmentos que se clavaban en sus palmas.

Metió la mano por el hueco. —Ven.

Mariano fue el primero en alzar la mano, pero Nicanor se la apartó sin piedad. Miró fijamente a Teresa y dijo: —El peso en la parte delantera es demasiado. Sube tú primero para que el auto se mantenga equilibrado, y luego saco a Ximena.

Teresa extendió su mano.

La mano de Nicanor agarró su muñeca con una firmeza absoluta. Estaba cubierta de lodo y los pedazos de cristal seguían incrustados profundamente en su piel, provocando que la sangre fluyera sin parar. Aún así, la sostenía con una fuerza descomunal, negándose a soltarla un milímetro, a pesar de que sus músculos ya temblaban por el esfuerzo.

—Apóyate en mí y sube —le indicó Nicanor.

Usó su propio cuerpo como punto de apoyo para ella. Teresa apoyó un pie en su pierna, se aferró a la cuerda y empezó a subir, temblando por completo.

Nicanor la sostuvo de la cintura y le dijo con voz suave: —No mires hacia abajo. No tengas miedo.

Teresa se mordió el labio con fuerza, sabiendo que en un momento así no podía perder tiempo. Subió con todas sus fuerzas, y la cuerda comenzó a elevarse también.

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